¿Paz en vacaciones electorales?


Sin duda quedaron cortos los plazos novembrinos al proceso de paz trazados por el presidente Santos, apremiado por mostrar frutos que apuntalen su reelección y hay inquietud en el país acerca del futuro del intento. Lo cierto es que el segundo punto de discusiones sobre la suerte de los desmovilizados y las garantías económicas, democráticas, jurídicas y de seguridad de los que harán campañas por ganar representación popular en próximas elecciones, es tal vez el más inquietante para guerrilleros en trance de ingresar a la vida civil, tal como lo plantea el exmilitante del ELN, León Valencia, en reciente columna publicada en la revista Semana.
Están en juego la aplicación implacable de la justicia o de penas alternativas menos severas y que no riñan con la Corte Penal Internacional, para permitir la participación en política de jefes guerrilleros desmovilizados, tal como en su momento hicieron los gobiernos de Barco y Gaviria, para facilitar el desarme y reintegro a la vida civil y democrática de los integrantes del M-19, Quintín Lame y el PRT, o la Ley de Justicia y Paz aplicada por Uribe con los paramilitares en el Ralito.
Los partidarios de continuar con el proceso a pesar de su lentitud proponen que debe llevarse hasta el final a pesar de no avanzar al ritmo deseado, pues este es el momento histórico para terminar el inútil y costoso desangre de seis décadas, y en caso de darle “vacaciones electorales a las conversaciones en La Habana”, acuerden puntos mínimos para retomarlas.

El presidente Santos anunció reforzar una ofensiva contra los bloques suroriental de las Farc. En Cuba, Granda respondió que le parece inadecuado ese lenguaje guerrerista y en el Cauca la Jacobo Arenas, detonó un carro bomba cerca a Santander de Quilichao, respondiéndole a su estilo, mientras los sectores de ultraderecha se lamen las manos ante el eventual fracaso del proceso y por consiguiente de políticas como la devolución de las miles de hectáreas de tierras despojadas a los campesinos en asocio con los paramilitares y sus cómplices estatales, que continúan reciclándose con diferentes nombres y patrocinados por las “Sor Teresas”, esta vez no de Calcuta sino de la caníbal familia Castaño.
En fin, de nuevo parecemos estar a las puertas del abismo, pero es que en el país hemos permanecido tantos años al borde de él, que ya ninguno nos asombra y tenemos en los genes la frialdad del trapecista acostumbrado a transitar por la cuerda floja del circo gigante que es Locombia.



