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Viernes, 2 de octubre de 2026

Paz a tu alma

Paz a tu alma

Un padre escribe desde el duelo y encuentra sentido

Paz a tu alma

Este texto no busca explicar la muerte. La asume.

Jairo Vernaza escribe después de perder a su padre y a su hijo en un corto periodo. Su palabra no reclama respuestas. Ordena la experiencia, reconoce el dolor y lo convierte en una forma de entender la vida.

El texto se sostiene en una idea central: el amor permanece como una fuerza que atraviesa la pérdida. Desde ahí construye una lectura del duelo como proceso, como tránsito y como aprendizaje.

Proclama del Pacífico publica este escrito por su valor humano. Su contenido ofrece una mirada que puede acompañar a quienes atraviesan pérdidas y aportar a una conversación necesaria sobre la forma en que una sociedad entiende la muerte.

El texto se publica con autorización de su autor y se presenta en su versión original.

PAZ A TU ALMA

Jairo Vernaza
Por Jairo Vernaza

La muerte llamó dos veces a mi puerta en muy poco tiempo. Primero se llevó a mi padre, después de una vida larga, y luego, de repente, sin avisar, se llevó a mi hijo. Entre esas dos despedidas vivo ahora, en ese espacio donde el dolor me ha enseñado cosas que nunca imaginé y el amor se ha vuelto lo único que realmente entiendo.

Cuando mi padre se fue, sentí que perdía una raíz. Él era mi conexión con el principio, el único que recordaba mi historia desde que empecé. Su muerte me puso frente al espejo: yo también soy mortal. Pero algo bueno quedó: entendí que el amor sigue vivo aunque el cuerpo no esté. Todo lo que me enseñó, su manera de ver la vida, su risa en las comidas familiares, todo eso sigue aquí, en mí. Los padres nunca se van del todo mientras los llevemos dentro.

Pero perder un hijo… eso no se parece a nada. Cuando la naturaleza se rompe, cuando el que tenía que florecer se marcha antes de tiempo, todo deja de tener sentido. Con él perdí el futuro que imaginaba, los sueños que había guardado para sus días, la sangre que seguiría mi camino. Y sin embargo, en medio de ese vacío tan grande, algo empecé a entender: el amor no entiende de tiempos ni de edades.

Aprendí que el dolor no es un enemigo al que hay que vencer. Es más bien una fuerza que te transforma si la dejas pasar. Como el agua que termina desgastando la piedra, así ha ido cambiándome esta doble pérdida.

Lo primero que aprendí fue a soltar. A aceptar que hay cosas que no puedo explicar, que no entiendo por qué mi padre vivió tanto y mi hijo tan poco. Pero quizás, en otro plano, los dos cumplieron lo que tenían que cumplir. Quizás mi hijo era un alma vieja que solo necesitaba pasar un rato por aquí para seguir su camino.

Lo segundo que descubrí es que todo está conectado. Más allá del tiempo y del espacio, más allá de los cuerpos que un día tuvieron, ellos siguen estando. A veces los siento en el silencio de la noche, en un pájaro que aparece de repente, en casualidades que no lo son. No son fantasmas, son presencias suaves que me recuerdan que la muerte solo cambia las cosas de sitio.

Mi padre me enseñó a vivir; mi hijo me enseñó a morir. Qué cosas tiene la vida. De mi padre heredé la fuerza, las ganas de seguir, el valor de las cosas sencillas. De mi hijo heredé la prisa por querer sin medida, la certeza de que un abrazo puede ser el último, la capacidad de asombrarme con la vida aunque duela.

Los dos me dejaron algo que no se ve pero se siente: entender que estamos de paso por aquí. Venimos con un motivo que a veces no conocemos, queremos a la gente, y un día nos vamos al lugar de donde vinimos.

He descubierto que el duelo no es algo que se supera y ya está. Es más bien un camino que aprendes a recorrer. Al principio es un pozo negro, luego se convierte en algo que te acompaña, y al final se vuelve una sabiduría que llevas dentro.

Llorar a mi padre y a mi hijo me ha enseñado algo raro del amor: cuanto más quieres a alguien, más duele cuando se va, pero también más eterno se vuelve ese cariño. No hay muerte que pueda con lo que de verdad importa. Ellos ya no están aquí, pero yo soy ahora su recuerdo vivo. En cada cosa buena que hago, en cada enseñanza que doy, en cada vez que decido querer a pesar de todo, ellos siguen aquí.

Hoy miro al cielo y sé que tengo dos ángeles. Uno me abre camino y otro me sigue los pasos. Entre los dos, yo sigo andando, con la confianza de que un día nos veremos en ese sitio donde el tiempo no existe y los abrazos duran para siempre.

Mientras tanto, honro sus vidas viviendo la mía. Porque he entendido que la mejor manera de honrar a los que se fueron es vivir bien la vida que ellos me ayudaron a construir. Mi padre puso la semilla; mi hijo la regó con su paso corto pero intenso. Ahora me toca a mí florecer, no a pesar del dolor, sino gracias a él.

La muerte no es el final, es solo un cambio. Y en eso encuentro la paz que necesito para seguir.

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