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domingo 23 diciembre, 2018 a las 3:05 pm

Parias y señores en una Tierra de Promisión

Parias y señores en una Tierra de Promisión
Parias y señores en una Tierra de Promisión
Imagen: http://bit.ly/2A7Iraf

Parias y señores en una Tierra de Promisión

Parias y señores en una Tierra de Promisión
Por ELKIN QUINTERO / [email protected]

A ti, Colombia, clamamos los desterrados, los excluidos, los miserables, los asalariados, los sin tierra, los parias y los nadie.

Desdichados de nosotros que siendo hijos e hijas de esta rica tierra somos marginados de ella; y somos vistos por los ricos y poderosos como objetos que cumplen una función supletoria en la difícil tarea de servir y complacer.

Debemos recordar que nosotros, los asalariados, seguimos sometidos por una clase insensible y llena de privilegios y vicios. Condenados por ser pobres, por ganar un salario mínimo y sobre todo, por tratar de hacer magia para sobrevivir en una sociedad que parece estar diseñada para los señores y poderosos.

Desde la época de los sofistas, se nos ha dicho que todo cambia y se trasforma; sin embargo, en Colombia a pesar de las múltiples revoluciones nada cambia, nada se transforma; y bajo este panorama todo enmudece y por momentos faltan las palabras para decir que no podemos seguir así.

Dese hace décadas vivimos agobiados por la cantidad de impuestos, leyes, decretos y normas; perseguidos por una estructura judicial que ignora el poder de los criminales y se complace en vilipendiar al débil y al asalariado; usados por un clase política y dirigente que nos promete cielos y puentes y luego por efecto de las emociones y compromisos nos carga de dolores y culpas. Como consecuencia de esta realidad caminamos sin descanso en medio de la angustia existencial, sin motivaciones, sin nada más que una cruz y un espejo, con los bolsillos llenos de cachivaches, con una billetera en la solo sobrevive la foto de carné, con una maleta atiborrada de sueños y promesas, con el estigma de ser parte de la clase trabajadora y honesta de este país.

En esta tierra desde la época de la colonia se nos prometió equidad, empleo, paz, justicia, seguridad, sin embargo, al salir a calle y al escuchar la voz de los sin voz podemos darnos cuenta de que Colombia sigue llena de lágrimas, de cruces, de falsos positivos, de cruzadas religiosas, de discriminación, de forma ortodoxas de ser y estar, de fermentaciones étnicas, de misterios sin develar, de niveles elevados de corrupción.

El panorama es oscuro y nefasto, y quizás para lograr que todo se transforme debemos migrar, huir, escapar del oprobio y la exclusión, dejar la tierra que nos vio nacer, sacrificar el calor de la familia y los amigos.

Los que se quedan los he visto llorar, presas de múltiples dolores y señalamientos. La mente del pobre se sumerge en las fantasías de la opulencia y la escasez. Para remediar un poco el panorama surgen danzantes credos, sectas e ideologías que nos usan para su beneficio.

Ellos, los cristotraficantes modernos modificaron las reglas santas, y hoy se volvió un imperativo ser pobre, sufrir, dejarse humillar bajo lo consigna de salvación y gracia. Nuestras almas sedientas de inmortalidad se debaten entre la queja y el pecado y como danzantes saltimbanquis migran de una a otra sin control en busca de la ideal. Sin embargo, los colombianos, pero en especial los pobres, se nos ha dicho y bajo dictámenes de verdad que somos malaventurados y se nos induce aceptar que hemos caído en desgracia. La sociedad de poder en este mismo instante crea mesías y líderes con la consigna de salvarnos y ubicarlos en puestos de oro y escarlata.

Que tontos hemos sido, hoy a pesar de las verdades develadas, seguimos siendo objetos de manipulación porque entre tantas miserias volvemos a caer con frecuencia en las redes políticas, religiosas de aquellos que se han autoproclamado como la solución a nuestros problemas. Es triste reconocer que en nuestro afán de santificarnos damos la oportunidad a nuevos partidos políticos, a nuevas sectas religiosas que buscan erigirse como refugio y salvación, como adalides de nuestras causas fallidas.

Estos nuevos señores se han hecho llamar bienaventurados, mesías, prohombres, presidentes, ministros, senadores, alcaldes, gobernadores, concejales, apóstoles y profetas, por la sencilla razón que la inmediatez tecnológica dice que escuchan, vigilan, ayudan, promueven, colaboran, y sobre todo, porque minimizan la realidad de sobrevivir con un salario mínimo. Sin embargo, apenas pasan los días en sus puestos de privilegio se dedican a ignorar, discriminar, robar, a dejar que todo siga igual. En ellos, la guerra, la corrupción, la inequidad, la violencia sigue rampante y sin claras muestras de cambio.

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