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Jueves, 1 de octubre de 2026
viernes 21 octubre, 2016 a las 6:33 pm

PARECE…

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Rodrigo Valencia
Rodrigo Valencia Q ©
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Belalcázar, dibujo por Rodrigo Valencia Q

Parece que fue el conquistador Sebastián de Belalcázar quien primero utilizó el término «El Dorado», después de oír a un indio el asunto que dio origen a la famosa leyenda. «Vamos a ver ese dorado», dijo Belalcázar, y después ese delirio del oro creció, se apoderó obsesivamente del deseo y la voluntad de los guerreros que vinieron de España a estas tierras. Belalcázar venía bajo órdenes de Francisco Pizarro, conquistador del Perú; y después de fundar la ciudad Asunción de Popayán, parece que dejó como encargado de la primera alcaldía a Pedro de Añasco, a quien sucedió Jorge Robledo. Parece también que estuvo encargado de la gobernación de esta región el español Juan de Ampudia. Buena nómina de héroes dudosos, aureolados sobre todo por la codicia, el mando y la impiedad. Tal vez los ojos y oídos de la tierra nunca olviden…

«El río Cauca pasa a una legua de la población, y la baña un riachuelo de aguas limpias y potables, sobre el cual se levantan varios puentes…» dice la Historia de Colombia escrita por los señores Henao y Arrubla. Si ese riachuelo era el Molino, es una lástima que haya perdido ese encanto. Y entonces, a veces parece que fuera cierto eso mentado por el conocido dicho «todo tiempo pasado fue mejor». Pero no; la época de la conquista fue una dura y sangrienta pelea por el dominio de los territorios y sus riquezas; los pobres indígenas sufrieron ese despojo con sangre y muertes que nada curará por los siglos de los siglos.

Y hoy, campantemente estamos asentados sobre esta villa de paredes blancas, donde nada parece delatar esos oscuros desmanes y ultrajes. La blancura de los muros ocultó para siempre los dolores padecidos por nuestros aborígenes, pero el sol sigue saliendo impávido todos los días por el oriente, y por las tardes los hermosos arreboles siguen preparando la llegada de la noche, bajo la eterna y vigilante mirada del conquistador que domina la colina El Morro de Tulcán.

Parece, entonces, que la historia es siempre un borrón y cuenta nueva, y que el tiempo, como dice el mito, devora sin remedio a sus hijos; no importa si a sangre, espada, desprecio y olvido. Y el mismo tiempo perdona después a la Historia, esa doncella que nunca ha tenido vestiduras blancas, inocentes. La inocencia, parece, siempre será una resonante, esperanzadora utopía, pero no una realidad.

RVQ

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