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miércoles 29 julio, 2015 a las 7:41 am

PÁGINA DE UNA BITÁCORA

PAUL DISNARD

…entonces con la llegada de los nuevos dioses
empezó nuestra perdición.
Chilam Balam.

PAUL DISNARD
PAUL DISNARD

Era el momento de partir. Sobre la brillante cúpula de aluminio y aleaciones de cobre y cobalto con otro extraño metal hallado en la última galaxia, que permitía manejar a libre albedrío la gravitación de las ovaladas naves aéreas, la luminosidad del espacio era una constante infinita. Verget, una extraña y bella mujer de tez oscura y ojos rasgados, dejaba entrever por entre los parpados, que parecían simplemente dos exóticas ranuras en un rostro de bronce, el azulado resplandor de sus pupilas. Sentada ante el tablero de comando, a través de los cristales de la imperiosa máquina voladora, veía alejarse hasta convertirse su planeta en un punto invisible apenas registrado en las pantallas del radar. Volget, el planeta que dejaba atrás de millones cuánticos de luz, sus dos soles de intensos rayos rojiazulados le daban el aspecto de un astro solitario entre las innumerables estrellas de la galaxia oriental, fuera de la órbita de aquella otra que disponía de un solo sol en trance de consumirse definitivamente. La noticia la había alarmado seriamente porque fijaba, en ese lejano planeta, muchas de sus esperanzas. Cuando Iol Loiner terminó de resolver sus logaritmos, la imagen era más que clara. Las constantes explosiones experimentales habían mordido hasta el infinito los últimos átomos de la ionosfera y la naturaleza, verde de por sí, empezó a languidecer, a adquirir una tonalidad pajiza y, finalmente, privada de los rayos solares, perecieron por esa caliginosa blancura que quemaba tanto y más que la nieve misma. El sol había dejado de alimentarse también de esa secreta energía con que le nutría no solo la tierra sino también los planetas vecinos por ser una fuerza ambivalente del poder supremo del cosmos, sin esa energía su carburación perdía en grados de vigor y su descenso era inevitable, se preveía una costra árida y arrugada como una manzana seca. Verget no quería conformarse con  ese destino, suponía que mientras aun existieran algunas fuentes de agua era posible recuperar parte de esa energía que a sus predecesores les había costado centenares de años de paciente experimentación y de evolución de las especies animales encontradas en ese mundo primitivo y salvaje, incluyendo el ejemplar bípedo que sirvió para engendrar a la primera creatura semejante a los seres del equipo de la nave flotante.

La estación de percepción y reflexión que miles de años antes lanzaron hacia la tierra y que fijaron en un punto triangular del océano terrestre sirviendo de enlace entre los diámetros cuadrimensionales de tres continentes, había languidecido, es posible que la afectara alguna inexplicable explosión atómica o que la contaminación hubiese llegado a tal extremo que las sensibles partículas de metal ionizado a la septuagésima potencia del trinium solar hubiesen cedido y las membranas de las instalaciones estaban inutilizadas definitivamente.  Al llegar a esta suposición era necesario un  nuevo viaje, otra vez hacia la nada incierta y la elección le cupo a Verget.

Las imágenes violáceas de su Visión Forma se perdían a causa de una niebla constante que a ratos semejaba el vapor ascendente de alguna materia en ebullición.

El mar de pronto empezaba a descomponerse en burbujas de azufre provocando una intensa niebla de color azul verdoso. Con los ojos enceguecidos por el vapor de azufre y el terror la mujer en la cima rocosa del atolón sentía como su mundo con pasmosa lentitud se hundía en el abismo de lo inevitable. Las últimas explosiones de hidrógeno destruyeron por completo la pequeña comunidad, como pavesas ardieron los cuerpos de los 20 hombres y mujeres de la aldea, hasta los niños que trataron de salvar ocultándolos en los fondeaderos de rocas macizas, pero de todo no quedaba sino ese minúsculo atolón como una punta de alfiler en medio del océano en llamas, le sorprendía constatar que en torno del atolón se había formado una campana impenetrable que la protegía del fuego y la campana no era más que un haz luminoso que provenía de la brillante cápsula que desde lo alto trataba de ubicar el punto menos vulnerable del atolón.

¿Ese era el trágico destino previsto por Iol Loiner, el gigante de cabellera rojiza? Por la cabeza le pasaron volando las imágenes de colores brillantes que había visto en la enciclopedia de su video-visión, pero entonces no eran más que especulaciones afortunadas de Loiner cuando descubrió que los satélites electrotelepáticos enviados a la tierra, en diversos períodos de su desarrollo tecnológico, habían dejado de trasmitir electroimágenes, convirtiendo los receptores en vulgares máquinas de sonidos ininteligibles y borrones de colores brillantes entre los cuales prevalecían el rojo y el amarillo encarnado. En esos momentos Verget sintió que todo su pavor se concentraba en la figura humana que en el borde del atolón veía desaparecer los vestigios de un planeta que millones y millones de años atrás los primeros pioneros del espacio habían construido mediante pacientes y sabias explosiones de nitrium y cobalto, separando los elementos en zonas determinadas, permitiendo que sus probetas de materias orgánicas estallaran en momento determinado para fijar órganos vivientes disímiles, que se desarrollarían de acuerdo a las condiciones provocadas. Millones y millones de años de pronto se perdían nuevamente en el espacio infinito de esa galaxia desconocida cuando en su equívoca evolución los seres de las probetas habían intentado repetirse así mismos con descomunales y fatales consecuencias.

Vergel salvó a la mujer del atolón, era un raro ejemplar que merecía ser estudiado en su planeta.

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