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Domingo, 4 de octubre de 2026
sábado 21 mayo, 2011 a las 7:45 am

OPUS 111

Rodrigo Valencia Q
Especial para Proclama del Cauca
Un ambiente melancólico me dice que hay algo inesperado, que es posible que deseos atesorados desde siempre vengan a escanciar la realidad. Más allá de esa puerta de cristales, la luz de la luna espera que alguien contemple su belleza a través del silencio, mientras la lámpara de atrás arroja un mosaico de colores sobre el suelo, como si una alfombra policroma se extendiera hasta el otro lado de la estancia.
El gato se ha quedado quieto; mira algo indefinible, y poco a poco distingo los sonidos de una música lejana. Se acercan sigilosamente, calmadamente, con lenta cadencia hacia el asombro: esos acordes melancólicos, intensamente densos, delicados, se repiten una y otra vez; y entonces los trinos de ese embrujo me recuerdan que las cosas bellas de la vida son razones que viven de su propia fuerza, sin otra explicación que su propia hondura y belleza. Tienen el poder de refrescar los nervios dormidos en la sombra, dentro de la piel, con la vitalidad de una esencia que sutiliza los sentidos.
¡Hermosísima música! Tiene brillos nocturnos, delgados aromas de la noche, movimientos de un bosque entre los sueños; y hasta es posible, allí, sentir los vaporosos cambios de las nubes, entre el extrañamiento y el éxtasis imponderable. Me obsesiona intensamente; tanto como el misterio de la muerte, los amaneceres sin nombre o los resplandores indecibles de lo eterno.
Y no distingo bien a través de los cristales de colores; pero, desde mi íntimo regocijo, sé que las manos del Maestro están pulsando esas teclas blancas y negras, y que la sala sólo tiene un habitante, porque lo demás no es necesario: el hombre concentrado en su Opus 111, la última de sus sonatas para piano. Acercándome he podido, por fin, traspasar con la mirada esa puerta de cristales. Sus cabellos en desorden, la mirada espesa, los oídos sordos mirando hacia adentro ese piélago de notas que caminan despacio hacia una eternidad inédita… Cualquier leyenda queda confirmada por la fuerza de ese genio alcanzando los más finos brillos de las melodías de las esferas.
Opus 111, Sonata para Piano No. 32. Páginas etéreas, rompen cualquier resistencia a la nostalgia. Siempre vuelvo a ellas; me llaman desde un bosque umbroso, colmado de delicias indecibles… Hay cosas que se descubren en medio de esas modulaciones insistentes, como si vinieran a afianzarnos entre las quimeras, lamentos felices, voces desconocidas, alas iluminando esquinas de un mundo perdido…
Beethoven se quedó detrás de esa puerta de cristales, en esa sala que crecía con su música, desafiando el asombro de los dioses y de cualquier existencia terrena cercada por la finitud… Él tocaba sin parar; un rictus en sus labios acompasaba el movimiento de sus dedos, y con la mirada ahondaba los instantes… Un embrujo crecía hasta los cielos.
Entre nota y nota tuve el tiempo necesario para medir la eternidad del arte, alucinación que traspasa la razón, quizás la cordura. La densidad de cualquier noche no hubiera podido resistirse a esas serenas melodías, increíbles toques con alma de oro.
Los bordes incoherentes de la oscuridad habían confundido la vigilia de mi sueño… Ahora, los cristales de colores de la sala aún me dicen que esa no fue una noche en vano, y que los sueños son más ciertos que la tediosa realidad entre los días.
Ante el piano hay, todavía, una leve sombra persistiendo en la memoria.
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