OPUS 111


OPUS 111

Un ambiente inusual dice que hay algo inesperado, que es posible que deseos atesorados desde siempre vengan a iluminar la realidad. Más allá de esa puerta de cristales, la luz nocturna espera que alguien contemple su misterio, mientras la lámpara de atrás arroja un mosaico de colores sobre el piso contiguo, como si una alfombra policroma se extendiera hasta el otro lado de la estancia.
El gato se ha quedado quieto; mira algo indefinible, y poco a poco se distinguen los sonidos de una música lejana. Se acercan sigilosamente, calmadamente, con lenta cadencia hacia el asombro: esos acordes melancólicos, delicadamente densos, se repiten una y otra vez; y entonces los trinos de ese embrujo recuerdan que las cosas bellas de la vida son razones que viven de su propia fuerza, sin otra explicación que su misma hondura y belleza. Tienen poder y refrescan los nervios dormidos dentro de la piel con la vitalidad de una esencia que sutiliza los sentidos.
¡Hermosísima música! Tiene brillos nocturnos, delgados aromas de un psiquismo hondo, movimientos de un bosque sibilino; y hasta es posible, allí, sentir los vaporosos cambios de las nubes entre un extrañamiento y éxtasis imponderable. Obsesionan intensamente, tanto como el misterio de la más lejana estrella, los amaneceres no vistos todavía y los resplandores indecibles de lo eterno.
No se distingue bien a través de los cristales de colores; pero se sabe que las manos del Maestro están pulsando esas teclas, y que la sala sólo tiene un habitante, porque lo demás no es necesario: el hombre concentrado en el final de su Opus 111, última de sus sonatas para piano. Acercándonos, traspasando con la mirada esa puerta de cristales, ahí está. Sus cabellos en desorden, la mirada espesa, los oídos sordos mirando hacia adentro ese piélago de notas que caminan despacio hacia una cadencia inédita… Cualquier leyenda queda confirmada por la fuerza de ese genio alcanzando los más finos brillos de una melodía itinerante.
Opus 111, Sonata para Piano No. 32. Páginas etéreas, resisten cualquier impedimento a la nostalgia. Llaman desde un bosque umbroso colmado de delicias… Hay cosas que se descubren en medio de esas modulaciones insistentes, como si vinieran a afianzarnos entre las quimeras, lamentos felices, voces desconocidas, alas iluminando esquinas de un mundo perdido…
El gran Beethoven quedó tras esa puerta de cristales, en esa sala que crecía con su música, desafiando el asombro de los dioses y de cualquier existencia terrena cercada por la finitud… Él tocaba sin parar; un rictus en sus labios acompasaba el movimiento de sus dedos, y con la mirada ahondaba los instantes… Un embrujo crecía hasta los cielos.
Entre nota y nota hay el tiempo necesario para medir la densidad del arte, alucinación que traspasa la razón, quizás la cordura. Ninguna noche sorda hubiera podido resistirse a esas melodías, increíbles trinos con alma y brillos de oro.
Los bordes incoherentes de la oscuridad habían confundido la vigilia… Ahora, los cristales de colores de la sala aún dicen que esa no fue una noche en vano, y que los espectros son más ciertos que la tediosa realidad entre los días.
Ante el piano hay, todavía, una leve sombra persistiendo en la memoria.
**RVQ**
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