Olor a esperanza

Olor a esperanza – Por: Guido Germán Hurtado Vera.
Historiador y Politólogo.
Algo huele fétido en el mundo de la política. Y no estoy hablando de la corrupción, que se naturalizó y cubre al planeta entero.
Hablo del olor que se desprende cuando se transmiten por televisión los patéticos consejos de ministros o cuando escuchamos a los políticos presumir que combatirán la injusticia social, esa que ellos mismos profundizan o cuando los gobernantes hablan en nombre de patrias humilladas, a las que hay que restituir el decoro, bien sea, amenazando a sus críticos o deportando a los inmigrantes o enviando mensajes de odio en contra de la comunidad LGTBI o imponiendo a países altos aranceles económicos.
Una de las varias razones para distinguir el olor fétido que expele la política es que ella no le importa a una gran mayoría de ciudadanos. ¿Por qué poco importa? Mi respuesta se sintetiza en dos explicaciones.
La primera, en lo que se ha llamado una crisis del Estado, en su incapacidad de integración normativa y simbólica. Colombia es un país de regiones, incomunicadas entre sí e internamente, donde el Estado no hace presencia ni con la institucionalidad necesaria para organizar la vida social ni con el monopolio de la fuerza legítima.
La segunda, en el agotamiento de la política democrática, que se reconoce en la creencia generalizada que al mundo no lo mueve las decisiones de los ciudadanos, sino las lógicas económicas de los multimillonarios. Un ejemplo es Elon Reeve Musk, el dueño de Tesla y de X (en otrora Twitter), que ocupa desde enero del 2025 el cargo de administrador del Departamento de Eficiencia Gubernamental de la Casa Blanca.
También hay que tener en cuenta otras razones, como la multiplicidad de públicos, con sus nuevos procesos de individualización y formas de vida ajenas a la política, la fatiga civil, la apatía política y el regreso de lo privado, cuando no la evolución hacia el irracionalismo político, evidente en el aumento de partidos de extrema derecha o en la profusión de los nacionalismos.
En otras palabras, asistimos a un panorama extenso y complejo, caracterizado por el quebrantamiento del sistema político, que proyecta una nube sombría sobre la democracia. Al mismo tiempo, asistimos a la desconfianza de la política, que se convierte en una nueva forma de autoritarismo, los resultados electorales en Argentina y los Estados Unidos son una muestra.
La gran contradicción es que, en el siglo XXI, tan alardeado por ser el de la innovación tecnológica y financiera, la política poco importa.
Un joven de un país europeo o norteamericano difícilmente advertirá las diferencias entre el sistema político que le ha tocado vivir y aquel que vivieron sus abuelos de la posguerra. Otro joven, en Colombia, apenas distinguirá la diferencia entre la sociedad donde hoy vive y la vida de sus abuelos y padres que sufrieron un conflicto armado largo, violento y degradado.
Muchos de los abuelos y padres de estos jóvenes entendieron la importancia de la política. Muchos experimentaron otras formas de movilización a través de nuevos movimientos sociales, fundaron partidos políticos y acudieron a las herramientas democráticas para derrotar los fascismos y la violencia de la época.
Es urgente recuperar el sentido y la importancia de la política. Aristóteles escribió en el libro “Política”, que su importancia radica en concertar, por medio de la palabra, las normas y reglas para garantizar el bien común.
En una democracia todos somos sujetos políticos y estamos obligados a participar en los asuntos públicos. Nos han vendido la idea que los políticos son los representantes de los ciudadanos y que solo podemos limitarnos a criticarlos o venerarlos. Lo cual no es cierto.
La política es una herramienta para construir sociedades más justas y democráticas, si los ciudadanos logramos entender su importancia y su papel tal vez podamos comenzar a cambiar el olor fétido que hoy desprende, por uno a olor a esperanza.



