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Viernes, 2 de octubre de 2026
miércoles 7 marzo, 2012 a las 3:02 pm

Nuevos vientos

Gloria Cepeda Vargas
El perdón concedido por el presidente Rafael Correa a los directores del diario “El Universo” y a su jefe de opinión, no ha podido tener un epílogo más lastimoso. Un diario caraqueño comentó al respecto: “¿Por qué armar un juicio tan publicitado y polémico para terminar en esta mansedumbre?”.
La justicia del Ecuador queda gravemente lesionada después de tan insólita medida. Con la desvergüenza que significa reclamar para su bolsillo la suma de cuarenta millones de dólares y tres años de cárcel para unos periodistas que podrían haber sido sancionados en forma más acorde con la falta cometida, el mandatario cae en lo que cualquier ser humano medianamente inteligente debe evitar a toda costa: el ridículo.



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La insólita medida tomada por la Corte Nacional de Justicia del Ecuador avalando la conducta de Correa, da fe de la enfermiza territorialidad del ser humano. Falso que el instinto primitivo que aúlla en las cavernas de Altamira se reivindique con las ejecutorias de este animal lampiño y arrogante, ambicioso y cruel que de un salto derribó barreras naturales y entronizó mitologías de ocasión para colarse en la cima de la pirámide evolutiva. El juicio y sentencia aplicados a “El Universo” representan una más de esas ráfagas machistas que soplan sobre nuestro continente. El vociferante mandatario ecuatoriano pasará a la historia como depredador de lo inviolable. La prensa libre es la única ventana abierta a la información veraz que reclama como derecho prioritario cualquier sistema democrático en el mundo.
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Esta tarde Leopoldo Castillo, conductor de “Aló ciudadano”, uno de los programas de opinión más dinámicos de la televisión y la radio venezolanas, dio en el clavo diciendo: “El gobierno no ha olido la calle”. ¿Qué quiso decir? Sencillamente que el régimen no ha captado los nuevos vientos que soplan. Enceguecido por el incienso y el manejo discrecional de multimillonarios recursos nacionales, el presidente no vaciló en montar un sainete de pésimo gusto en torno a las dolencias que lo aquejan, donde no faltaron ni los payasos ni las fieras amaestradas. Salió rumbo a La Habana en un vehículo abierto, lanzando besos a la multitud y agitando los brazos como un simio lujurioso. Lo grave no es el cáncer, es el estado larvario donde aterrizó un hombre que tuvo la mejor oportunidad conocida en estos dos últimos siglos para sentar un precedente de sensatez y buen gobierno en Venezuela.
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