“Nuestro» presidente, “nuestro” gobernador, “nuestro” alcalde…


“Nuestro» presidente, “nuestro” gobernador, “nuestro” alcalde…

Excúsenme, pero a mí me fastidia muchísimo la lambonería, no sé si a ustedes también. Detesto ver, escuchar, o leer lo que hace, dice o escribe un lambón (o lambona) – también me molesta usar lenguaje excluyente, o “incluyente” como le dicen algunos (o algunas)- .
Es que se ha puesto de moda, sobre todo en algunas oficinas de prensa, en las redes sociales y en el léxico de funcionarios de todo calibre, que se refieran a sus respectivos jefes utilizando el posesivo “nuestro” para fingirles sumisión, falsa amabilidad y exceso de halagos como estrategia para esconder las propias incompetencias y la falta de capacidades para desempeñar el respectivo cargo con eficiencia. No ha habido otra explicación para la lambonería.
Los lambones tienen que recurrir a la estrategia de resignarse a la doblez para no ser marginados, porque de otra forma quedan en evidencia sus ineptitudes y torpezas. Por eso gritan o escriben “nuestro presidente eterno”, “nuestro” gobernador, “nuestro” alcalde, indicando que son subalternos sometidos e irrespetuosos, porque deberían referirse a ellos como el señor presidente, el señor gobernador o la señora alcaldesa, quienes además no deberían aceptar ese lenguaje lambón, de posesión, porque es excluyente, indicando que son una pertenencia privilegiada o preferente (es nuestro, no es suyo, sino mío) y no servidores públicos, como debería ser.
En la burocracia oficial es muy evidente que la lambonería ha sido una forma de supervivencia que ha engendrado sapos y lagartos que cumplen órdenes que nadie les ha dado, nunca por generosidad, sino por oportunismo y porque ser un “buen lambón”, sin escrúpulos, hace que el jefe los utilice, claro, pero como el limpión que sirve para esconder lo sucio que puede llegar a la mesa.
La mayoría de los jefes saben detectar a los lambones y son conscientes de su incompetencia pero los usan, y los soportan, porque les son útiles para alcanzar cosas, hacer mandados, y a veces, para el “trabajo sucio”. Pero también son perfectos para jefes o superiores con carácter débil porque les estimulan vanidades creyéndose falsas lealtades.
Nada mortifica más que una secretaria o el lambón de turno diga, cuando un ciudadano pregunta por el jefe: “nuestro” gobernador o “nuestro” alcalde ahora está ocupado, como si el resto del tiempo de trabajo se la pasara desocupado.
El adulador está inhabilitado para decir la verdad, y, obviamente, para manifestar discrepancias de opinión porque su baja autoestima lo lleva a creer que contradecir al jefe es sinónimo de perder sumisión y obediencia ciega. Por eso tampoco se puede confiar en los lambones.
Los lambones parecen inofensivos y en algunos casos llegan a ser considerados simpáticos por sus ocurrencias, pero generan rechazo y antipatía por su falsa amabilidad y el exceso de halagos para lograr la aprobación del jefe. Unos lo hacen conscientemente para desentenderse de su trabajo por estar tras el jefe, otros son inconscientes y nadan sin miramientos en el mar de la degradación.
Y hay ejemplos de lambonería en los altos estrados. Recuerden por ejemplo, al propio presidente Duque cuando visitó al rey de España y le dijo al monarca que reconocía que el presidente era Uribe y no él, rematando sin sonrojo: «saludos le manda el presidente Uribe»; de ahí para abajo, de manera general, la lambonería y la idolatría se confunden, sobre todo, en el ‘uribismo’.
El lambón es una sanguijuela social porque mediante la apariencia de euforia pública y el exagerado elogio al jefe que le encarga ejecutar algún plan o proyecto, exagera diciéndole que le parece genial y maravilloso, pero tras de esa actitud esconde su total negligencia para realizarlo.
“Nuestro” lambón es, pues, un insoportable espécimen de la fauna social colombiana que se siente inferior a los demás, y con su servilismo y exagerado deseo de reconocimiento, así sea reptando, se convierte en el primer eslabón de la politiquería y la corrupción.
¿Usted cree que estoy exagerando porque me molesta decir nuestro presidente, nuestro gobernador o nuestro alcalde, en vez del respetuoso señor presidente, señor gobernador, señor alcalde?
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