NOCHE DE CATA, LÁGRIMAS Y PIERNAS


Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Loco-mbiano
Otra vez hemos caído en el lugar más feliz de la rayuela. Es una esquina de la calle 6a. de Cali, en el atelier, con paredes de botellas de vino de todas las cepas, casas y lagares. El poeta de mirada franca y cabello de platino, Carlos Gerardo Orjuela, nos cursó de nuevo invitación y allí llegamos presurosos a la cita venenosa.
Esta vez estaba un experto en el lenguaje enológico y hábil vendedor de sabrosuras. Eduardo Elián, fresco y amplio en el conocimiento de las casas, las edades del líquido de Baco, las certezas y dudas sobre estas bebidas espirituosas, abrió la noche mostrando cómo se abre una botella y qué hay del corcho de alcornoque, de la de plástico y la simple tapa de metal enroscable en la boca de la botella. Todo está bien y el buen catador no se debe parar tanto en estas simplezas que retardan echar al gaznate el primer sorbo que aclimate la cavidad que recibe el zumo de la vid elaborado.

La reunión de bisoños catadores fue como una especie de escape de rutina y poco a poco dio lugar a cierto olor de camaradería entre los anónimos invitados. En forma de U había una mesa adornada exquisitamente con servilletas, palillos, sendas tablas de queso blanco, comino, amarillo, rollitos de dos clases de jamón, tajaditas de pan francés, una jarra de agua y dos copas para cada uno de los afortunados invitados. Eduardo se movía y explicaba la ceremonia de la cata en el centro de la U.

Y vino, por fin, el primer vino después de la jugosa presentación. Hay copas de vidrio y de cristal. La superficie es importante porque permite guardar los sabores y pintar en sus paredes las figuras. Los vinos proyectan unas líneas indicativas que invitan al juego. O son lágrimas por si es casado el que está bebiendo o son piernas si es soltero el que disfruta.
Agarramos con suavidad la copa, la batimos para que el vino se oxigenara y lo llevamos a la boca. Lo paladeamos, o sea, empapamos nuestra lengua, lo paseamos por encías, dientes y embebimos las papilas gustatorias. Lo pasamos por la garganta y chasqueamos la lengua abriendo y apretando los labios. Así estamos preparados para el segundo trago. Ya se sienten los olores de la madera donde estuvo madurado el vino y el del pimentón rojo o la ciruela.
Apreciamos la suavidad del Carmener o del Malbec, sea joven, maduro o de reserva. No caeremos en distractores si tal vino tiene maridaje con tal o cual comida. Todo depende de la experiencia y gusto del catador frente a su escogencia. Satisfechos terminó la reunión con mucha sonrisa y ganas de volver.
10-05-15 11:32 a.m.




