LA MADRE SUPREMA

A las Diosas criollas en su día

Tengo la clara impresión de que la leyenda, en su desaforado y loco andar de boca en boca, fue perdiendo poco a poco los rastros de la historia de las entidades étnicas ágrafas, cada juglar y cada poeta popular han ido añadiendo una pizca de sal y pimienta al condimento y estructura del relato hasta hacer del fiambre un mito apetitoso y atractivo. Las historias de muchos pueblos de la antigüedad se perdieron en el curso de la tradición oral y los copistas, como los arqueólogos, llenos de una fantasía ilimitada, tratan de recuperarla de alguna u otra manera, a veces niegan lo imposible precisamente por no tener de donde agarrarse a una realidad de por si mutante y de poca convicción, no obstante han sido temerariamente capaces de navegar mar adentro de la oscuridad para encontrar los vestigios de reinos, imperios y civilizaciones perdidas. Así tenemos la casi inaudita imagen de una princesa fugitiva de Atlante, la reina Amenokal, Tin Hinan: ‘’soy la madre de todos’’, que unificó las tribus dispersas de los tuaregs dándoles consistencia y protagonismo de importancia conservando su propio idioma, sus costumbres, creencias y escritura dentro de la multifacética marejada árabe a la que nunca pertenecieron.
Moisés y sus discípulos se encargaron, a su tiempo, de que en las leyendas y mitos del pasado incierto no se perdieran las vagas noticias de Enoc y Gilgames. ¿Fue acaso Adam el primer hombre creado por Yaveh? ¿No sería tal vez Lilith hecha a imagen y semejanza de su progenitora, la gran diosa Asheran, madre de la naturaleza y tutora sagrada de todas las sacerdotisas que le eran fieles devotas y guardianas de su culto? Tenía ella, llamada más tarde Ishtar en Babilonia, una imagen en piedra labrada en un templo de Jerusalén celosamente vigilado, cuidado y sustentosamente mantenido por las comunidades femeninas de diversas etnias, que a su sombra y amparo, cultivaban no solo los conocimientos de la fertilidad de la tierra y de los ciclos lunares que de igual manera se evidenciaban en lo femenino, madre y creadora de universos, sino también los secretos de la tradición, de la artesanía, de la cerámica y de la terracota. Mientras sus antecesores buscaban la pitanza en la caza de animales de tierra y agua, tal como eran recolectoras de granos y frutos, se fueron informando de los prodigios de la naturaleza tan semejante a ellas, se dieron cuenta de igual manera que tenían disposición, intuición y tiempo para fijar en las paredes de las cavernas escenas de la vida domestica y la aventura de los cazadores, casi nómadas que a su vez, inventaron armas de largos palos con puntas cortantes de piedras quebradas, pulidas y agudas, luego, accidentalmente, descubrieron la elasticidad de las ramas de los arboles que les diera la idea del arco, finalmente la capacidad de disparar trozos puntiagudos de corteza astillada, hasta perfeccionar con el devenir de los días de caza y las noches de reposo el artefacto y las flechas. Pero eran las mujeres las guardianas de la despensa, las administradoras de los alimentos, de su distribución y mantenimiento de reservas para que no faltaran durante los crudos inviernos cuando hasta los animales se refugian en sus desconocidas guaridas, por último una inesperada ocasión les dio la oportunidad de descubrir el fuego del cielo en el curso de las violentas tempestades de rayos y centellas. El espectro de Lilith, la rebelde que escapó del edén y rechazó la tiranía de Yahveh, era un manto de protección que paulatinamente enriquecía el secreto poder de su alma femenina y les prodigaba conocimientos que el hombre no podía entender, proclive a la violencia y a la muerte de los animales que cazaba, rendía más culto a la fuerza que al intelecto de las mujeres que ya formaban un clan definido que contaba con una cabeza de familia y de ancianas sabias conocedoras de las hierbas y plantas medicinales a quienes se atribuían poderes sobrenaturales, fueron tal vez las primeras sacerdotisas lejos de la influencia masculina y de su culto a la violencia. Repudiada por los sacerdotes de Yahveh la mujer era dadora de vida, la que daba cuidados y conocimientos a su progenie. Desde entonces el hombre fue un mundo aparte, una hechura a imagen y semejanza de un dios cruel y soberbio, el esposo de Asheran, que resolvió crear su propio universo a partir de una pareja dócil y sumisa a la que prohibió el acceso al conocimiento, algo que no aceptó Lilith, hija de Asheran, la Diosa Madre, y la primera sacerdotisa de los templos inhibidos al macho cabrío.
Empezaron los hombres a congregarse en torno al fuego de las hogueras a las que rendían culto para celebrar el éxito de sus cacerías y estimular la supuesta primacía de su sexo, rechazados por las mujeres más devotas de su espíritu que del gozo desenfrenado de los machos, ya lo habían comprobado observando y comparando el comportamiento de los animales en determinadas épocas del año conforme al renacimiento de la naturaleza en los albores de la primavera. Rindiéndole las mujeres culto a la luna y su estrecho vínculo con los periodos de fertilidad de la tierra, los hombres por su parte identificaron el fuego con el sol al que decidieron sacrificar una o dos piezas de su cacería. Levantaron con piedras del río una pira, el más anciano cumplió el oficio de colocar en la hoguera sagrada el primer ciervo de la temporada cuidando de que no lo carbonizara el fuego, cuando estuvo en su punto bien dorado y asado hicieron un ruedo y cada quien recibió una apetitosa ración que brindaron al astro de la luz. ¡Salve, oh sol, padre protector! Quizá así nació la primera congregación masculina que ataba los resultados de la cinegética con el poder oculto del sol, por su parte convertida la gruta en un santuario las mujeres hacían abluciones y en las noches de luna llena agradecían los favores de la magna diosa.

Lilith fue execrada, la convirtieron en una deidad maligna, condenada a vivir en la oscuridad de los abismos, en los pantanos de los bosques y en lo más inaccesible de las montañas. A Yahveh, el dios solar, los hombres le dedicaron un templo pero exigieron que de ese sagrado recinto Asheran, la Reina del Cielo, fuera expulsada, lo mismo las mujeres que atendían su culto, su efigie destruida y borrado su nombre de las escrituras porque Jehová era el padre celestial y ningún otro dios podía competirle. No hubo desde entonces rastro de la Diosa Madre, sus fieles servidoras, dispersas, encontraron refugio en otras regiones más tolerantes donde Ishtar, la Estrella Celeste, las protegía. En su honor, en Babilonia, en vísperas de las noches de luna llena, un toro era sacrificado, símbolo masculino de la fuerza y la tiranía, en sus imágenes y en el pedestal de las esculturas se puede observar que la Diosa tiene los pies apoyados sobre los cuernos del toro y es portadora de una rama de arrayán, fue así como hizo su aparición la joven y hermosa judía Hadassa, nombre que en hebreo significa mirto, símbolo dedicado en Grecia a la diosa Afrodita. Huérfana de padres, protegida por su primo Mardoqueo, este le aconsejo cambiarse el nombre por Esther, muy similar a Ishtar, la Estrella del Cielo. Elegida para ser esposa del Sah de Persia pudo salvar desde ese podio a los judíos amenazados de exterminio por un primer ministro celoso de sus riquezas y de la comodidad que disfrutaban en ese lejano país del oriente árabe. En realidad las mujeres devotas de Asheran a pesar de haber sido expulsadas del templo, convertido en ágora de los machos cabríos, y diseminadas por diferentes regiones portaron consigo el recuerdo de la Diosa Suprema y donde fue posible, en su honor, levantaron templos considerándose mensajeras y sacerdotisas de la que se llamaría también Ashtotet, Astarte entre los griegos y Diana por los celtas del original de los pelasgos Iana Sandiana y las tribus de los pelasgos dieron al sol el nombre de Apolo siendo que Artemisa adquiría las propiedades de la esposa oculta de Yahveh. Levantaron los pelasgos en Rhodas un monumento gigantesco al dios sol llamado también Kolo en su idioma vernáculo y del cual derivo el apelativo coloso por la descomunal estatura, asimismo el koliseo de Roma es otra obra que recuerda a los pelasgos y Berlín levantada sobre un asentamiento en una zona pantanosa de donde proviene su nombre. En Serbia y en la Dalmacia croata, desde tiempos inmemoriales, los campesinos bailan en una ronda que llaman kolo y sus festividades de la cosecha tal parece que son una replica que han practicado los celtas en la llamada ‘’noche de brujas’’ o “Halloween”, un recuerdo y homenaje a Gaer, la Diosa Madre, convertida en Gea por los griegos.
El culto a Asheran no se perdió. Así como llegaron los dioses de la antigüedad transportados por los gegeneis, los primeros hombres (los Pelasgos) a Grecia y por estos pueblos del mar Tirreno y navegantes del gran Danubio a Egipto; en Mesopotamia y Sumeria Iana Sandiana fue llamada Innana, en el Egeo Ishtar se transformó en Astarte o Ashtoret y el binomio Yahveh y Asher en Zeus y Demeter (Deus y Deusa Mater). La mujer no perdía su autoridad y el hombre inconsciente pertenece al dominio de la madre que lo forma y fortifica. En varias representaciones a la Virgen María ella aparece de pies sobre una supuesta media luna y aplastando a la serpiente. La media luna son en realidad los cuernos del toro que figuran en Ishtar, la serpiente es el signo fálico que tentó a Eva (‘’no fornicaras’’ dice la ley mosaica), esta diosa babilónica cuyo nombre significa, como el de Semíramis, reina de los cielos o estrella de la mañana, aparece como un logo en las banderas del Islam, especialmente en la de Turquía: la media luna y la estrella. Al otro extremo del planeta, en los países andinos, la Magna Diosa es Pacha Mama, en Nazca, Perú, Viracocha, y en México Coatlicue (diosa de la fertilidad, patrona de la vida y la muerte) y Tonantzin (nuestra madre venerada).
Me habría gustado preguntarle su opinión sobre Yahveh a J.J. Benitez, el autor de “Caballo de Troya”, pero me habría desconcertado si me dice que “YHVH” es el registro, patente o matrícula de la nave espacial utilizada por Jehová en el Monte Sinaí para atemorizar a los ingenuos y supersticiosos habitantes del desierto.




