NO SE PUEDE ENCADENAR EL VIENTO


Toda mi fuerza sonora de poeta… te la entrego a ti. – V. Maiakovsky.
Frente al mar los pescadores remiendan las redes. En la madrugada con sus pequeñas barcas logran sin dificultad alguna ubicar bancos de peces en sitios imprevistos. La experiencia aconseja que no se debe confiar en la suerte. El azar es algo que no existe fuera de la perspicacia de alguien que ha sufrido más de un revolcón, la prudencia va de la mano del hombre precavido que tiene canas en la cabeza y menos músculos y nervios en la carne de los brazos, su corazón es la bitácora fiel que sabe a ciencia cierta que la abundancia se debe compartir aún entre aquellos que, por una u otra causa ineludible, no han podido salir a la mar como en tantas otras ocasiones cuando las tormentas fueron implacables y una de las tantas compañeras queda desamparada. El tiempo suele parecer apacible durante algunas horas o días pero de improviso un huracán, un tifón o un vendaval hace que zozobren las esperanzas, demasiado lejos la costa. Esto me recuerda a los poetas que escriben versos de amor recordando noches de insomnio, madrugadas de esplendor y ocasos que se hunden irremediablemente en las copas vacías de vino, desiertos los salones cuando ha terminado el ágape en desbandada, a la chita callando, se fugan con las bailarinas los músicos a las primeras luces del alba.

Un vigía es como un general atrapado en la maraña de sus mapas, fallan en el carajo los cálculos, las teorías de la guerra dejan de tener valor, se buscan los rincones menos predecibles y si el soldado mantiene en su sitio el corazón sabe de manera inconsciente en qué lugar la amante es vulnerable y donde están escondidas las joyas.
La decisión de Lincoln en la aciaga perspectiva de afrontar un mar revuelto de intereses y contradicciones, de obligatorio carácter económico que político, lo inclina a comprender que el punto vulnerable son los campos de algodón, sin esclavos la reyerta se convierte en un barril de pólvora a reventar en cualquier momento. Era el auge, la expansión de un mundo nuevo, mientras que en el viejo continente las contradicciones sociopolíticas colocan en pie de guerra a las clases menos favorecidas, la madurez de una conciencia popular se enfrenta a las manipulaciones de los industriales fabricantes de armas cuyo comercio ha sido siempre el de los campos de batalla.
El país estaba siendo poblado por millares de inmigrantes procedentes de los cuatro puntos cardinales, al parecer galeces e irlandeses de herencia celta eran los cedros que iban colocando el andamiaje que lentamente repujado y fortalecido por alemanes, griegos, suecos, húngaros, escoceses amén de los descendientes de los desertores ingleses los primeros en abrir surcos y los primeros en colocar los cimientos de las ciudades del futuro. En esa ebullición étnica nació, creció y se educó quien se convertiría en el poeta norteamericano cuyo mensaje iría más allá de las distancias geográficas, no se puede encadenar el viento que con el ciclo de las estaciones va codificando la configuración del paisaje, de la naturaleza y del hombre mismo. Los elementos de culturas de ultramar se mezclan lentamente hasta convertirlos en una masa coherente, propia y original. Los restos coloniales de Francia en Nueva Orleans, en Luciana, proporcionan una aleación étnica muy explosiva cuya principal característica se evidencia en los coros de las diversas iglesias que dieron refugio e inspiración a los negros, esclavos y libertos, lo que habían conservado al ser raptados y cuya memoria se trasmitía de abuelos a nietos aflora en la música que recuerda los amaneceres y las noches de África, las danzas en torno a las fogatas celebrando los matrimonios colectivos y el éxito de las cacerías, nostalgia de las sabanas, de los ríos, de los bosques y el rugido de los leones, poesía en sus instrumentos, en estrofas dedicadas a los dioses de sus ancestros, nacen los blues, el jazz y tantos otros diapasones y resonancias de una milenaria cultura que se impregna como miel y néctar, quiéranlo o no, en los jóvenes americanos propensos a la rebeldía, a la aventura, a los cambios que se gestan y viven dentro de condiciones específicas haciendo añicos el folclor y las tradiciones que venían de fuera pero que, a manera de un rompecabezas, reconstruyen dándoles el aliento de su propio espíritu. Surge así, como un atleta de Long Island, Walt Whitman que haciendo parte de esa cultura astillada, llena de amalgamas y de ignotas historias de civilizaciones olvidadas, rompe con los moldes tradicionales, se hace responsable de la multitud que se trasmuta en su diversidad de caracteres y personajes, comparte su cotidiano vivir con los conductores de autobuses y los pilotos de los ferryboats, su periodismo es una crónica de supervivencia, novel linotipista arma las galeras de la prensa que edita sus poemas, provocan sus estrofas el escándalo de los intelectuales conservadores que aferrados al pasado le vilipendian, le niegan su participación en el arte de un mundo nuevo que surge de entre esa masa de inmigrantes de todos los colores y banderas, y este hombre excepcional que enaltece al ser humano por igual, que canta al amor, a la fraternidad y a la paz no se puede involucrar en una guerra de hermanos, admira la entereza, la dignidad de Lincoln, siendo de la misma talla e integridad moral se alista en las brigadas voluntarias de enfermeros, va a los hospitales del frente, a los campamentos de prisioneros de guerra, sirve de secretario a los moribundos que dictan sus últimas cartas de amor y se canta a sí mismo como un ejemplar propio del hombre del futuro. Escucha en los campos de prisioneros los Country songs, las baladas del sur, le emocionan sus estrofas, los relatos de sacrificio y heroísmo y, conjuntamente con los spiritual de los negros, trabaja en su propia identidad, la que habría de inspirar varios años después a Laughton Huges para que el pueblo norteamericano escuche en la poderosa y vibrante voz de bajo de Paul Roberston ‘’El tren de la libertad’’, como si una vez más renaciera el mensaje de Harriet Beecher Stow de quien dijo Lincoln al conocerla: es usted la pequeña mujer que ha provocado una guerra tan grande, al leer La cabaña del tio Tom el ex Capitán de la guerra del Halcón Negro toma la decisión inquebrantable de abolir la esclavitud y abre el camino a la democracia, como entonces era entendida, sin misiles y sin carros de combate, momento que aprovecha el Sur aristócrata y tradicionalista, conservador y esclavista para levantarse en armas. No aceptando la claudicación ni la derrota la cuadrilla cobarde y reaccionaria de Texas alquila al asesino que dará muerte al Gran Presidente. Pero Whitman lo consagra en el altar de su propia gloria. Es el primer magnicidio provocado por los confederados de Texas, cobran la derrota que se repetirá en la historia de la democracia americana asentada ya de por si en el genocidio y expoliación de los verdaderos propietarios de las tierras y llanuras donde los búfalos fueron símbolo de la libertad y magnitud de un continente. ¡Nunca se fue de vacaciones la muerte!

¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitan! Nuestro espantoso viaje ha terminado. La nave ha salvado todos los escollos…
Fue Emerson el filósofo, el sabio, el humanista norteamericano quien le diera su primer espaldarazo. A su pesar, las testas coronadas y consagradas de la época consideran obscena e inaceptable su obra, fuera de la órbita vigente en periódicos y revistas. Tal vez dada la influencia que tuvo la literatura francesa en los espíritus cultivados de los prohombres que heredaron los bienes de la colonia pudo llegar Whitman a los círculos literarios de Paris, la traducción de Hojas de Hierba fácilmente fue aceptada por los jóvenes bardos de Alemania en esa época en que se gestaba una revolución social y los trenes tenían camino expedito hacia Moscú. Tal vez nadie habría sido más feliz que Francois de Montcorbier que, con los amotinados estudiantes de La Sorbona, no solo rompían los moldes literarios y románticos de los juglares del medioevo sino que, a la vez, compartían sus andanzas y fechorías con los púgiles del bajo mundo en los escondrijos de la Corte de los Milagros donde los cojos bailaban sin muletas, las prostitutas eran tratadas como las cortesanas del rey, los ciegos tenían los ojos plenos de luz y los poetas participaban en los sainetes de los gitanos. La otra Francia, la de los desheredados de la fortuna, la de los enemigos del clero y del poder político arraigados en la arrogante jerarquía papal, Obispos y clérigos, cortesanos, marqueses y condes satirizados y condenados por Francois Villon, el poeta de Montcorbier que con el devenir de los años se convertiría en el ícono más reverenciado de Francia y de Juana de Arco a la que no libraron de la hoguera. Y por ese camino en traducciones al francés y en alemán entraría silencioso Whitman a las lecturas de Sergio Esenin y de Maiakovsky, así el poeta de las multitudes emergentes constructoras de altos edificios, el copiloto de los steamers, de las carrozas y autobuses urbanos, el amigo de los vagabundos y del dialogo con mendigos y mujeres de las calles ocultas, el caminante que indaga en las costumbres e implantes de los pueblos y aldeas de los nuevos ciudadanos llegados de ultramar, se hace compañero de un poeta mujik y de otro que comparte con ferroviarios, mineros, fogoneros y obreros el pan cotidiano de su fervor revolucionario. Es este otro un poeta de la multitud, dueño de una voz de trueno y una descomunal estatura. Después de un recital convertido en un mitin político literario viaja en tren de Novgorod a Moscú, una mujer del pueblo que lo observa compartiendo la misma cabina, llena de admiración por esa torre humana le dice “camarada Maiakovski, tú eres una nube en pantalones”, así nace como hojas de hierba su voluminoso libro: ¡yo no soy un hombre, soy un pueblo! Pero fue su destino trágico como el de Esenin, igual al de Pushkin que tanta influencia tuvo en los poetas de Rusia. Y Pushkin, por el lado materno, tenía los horizontes de África y en sus venas la sangre de un príncipe etíope.
Epígrafe: La necesidad hace que la gente se incline al mal y el hambre obliga al lobo a salir del bosque. Francois Villon.



