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martes 27 octubre, 2009 a las 6:38 pm

¡No nos digamos mentiras!

Por Alfonso J. Luna Geller

Cuando un paciente está clínicamente grave debe decirle toda la verdad a su médico. Sin más consideraciones que la recuperación o salvación del enfermo, el equipo facultativo hará todo lo debido para buscar el beneficio y la curación de ése ser, como prescriben Hipócrates y Galeno.

La sociedad también es un ser vivo que puede enfermarse. La enfermedad entonces, es colectiva. De hecho, la nuestra, la quilichagueña, está grave, todos padecemos los síntomas y sufrimos sus afecciones, así haya quienes traten de hacerla invisible, por hacer “lo políticamente correcto”.

Poniendo su dedo en la llaga, como dicen en la religión cristiana, Pirry con su especial en el canal RCN sobre el consumo de heroína en esta ciudad, transmitido el 20 de septiembre, y Antonio José Caballero Velasco en su columna dominical en el diario El País, de Cali, publicada ocho días después, despertaron la adormilada opinión quilichagueña y no faltaron quienes los trataron de apátridas por hacer ver públicamente lo que padece esta ciudad en silencio y en privado. Claro está que diagnosticarla no significa curarla, es apenas un principio al tratamiento. Hay que ir más allá.

Santander de Quilichao hasta hace poco era “Un Pueblo con Espíritu Cívico Ancestral”, como demostró Armando Velasco Zuñiga (q.e.p.d.), pero hoy campean por sus calles, parques, avenidas y sitios públicos, la incertidumbre, la prevención, la inseguridad, la desconfianza, la incultura y la falta de solidaridad social, como consecuencia del apremio que impone la drogadicción, la seducción generalizada por el enriquecimiento ilícito e inmediato, el micro y macro tráfico de estupefacientes, el sicariato, la prostitución y el atentado permanente contra el medio ambiente con la deforestación y la contaminación de la fuentes hídricas, para no extendernos en otras lacras que parecen sacadas de un diccionario sobre el absurdo social, como la ocupación inconcebible de los espacios públicos, el irrespeto por las señales de tránsito o la publicación de misteriosos panfletos que amenazan y denigran indiscriminadamente sin alcanzar para convertirse siquiera en cabeza de procesos.

Sé que hay quienes están pensando en que éstos son lugares comunes, que esto ocurre no solamente en Santander y que son consecuencias de la globalización, y no sé que otras disculpas que inhiben el empleo de una medicación especial. Pero es esta manera de pensar la que no permite trabajar por una sociedad diferente, por la posibilidad de una vida social menos miserable y con mejor calidad de vida. Reconocen una gran impotencia para lograr cambios. Están hablando de una sociedad que ya no contempla alternativas y se consideran eximidos del deber de examinar, demostrar, justificar y, aún más, de considerar alternativas o pactos cívicos que conduzcan a mejorar la calidad de vida del conjunto social quilichagueño.

Instaurar el cuestionamiento a la sociedad y a nuestras prácticas significa dar un paso muy grande en los esfuerzos por mejorar la condición humana. Una de las formas de modificar esta situación puede ser convocarnos a un gran pacto social, realizar una serie de foros donde nos cuestionemos, de donde salga un documento de compromiso cívico que tenga cumplimiento en cada hogar, escuela, colegio, universidad, empresa, sector público, etc., el cual deberá tener en cuenta, por ejemplo, que los derechos humanos, de reconocimiento universal, han sido aceptados por todo el mundo y de lo que hay que ocuparse ahora es de encontrar los mecanismos para su vigencia y garantía, entre otros aspectos cívicos.

Propongo esto porque está demostrado que los famosos consejos de seguridad que se convocan cada vez que ocurre un hecho justificatorio no tienen efectos reales y duraderos sobre la problemática cotidiana, el Estado a nivel local es impotente para recuperar la cohesión social y controlar todo este despelote que nos abruma. Es la fuerza cívica, la decisión comprometida de una sociedad que desea un mejor presente para que su futuro sea meritorio, la que puede lograr transformaciones (no confundir con lo que ahora llaman “Estado de Opinión”, porque nada tiene que ver con oportunismos políticos).

Esta ciudad tiene hoy, si la memoria no me falla, 16 ex alcaldes que podrían contribuir con sus experiencias adquiridas en el manejo de la problemática social quilichagueña en los últimos cincuenta años (Carlos Julio Bonilla Soto, Ricardo A. Cifuentes Guzmán, Aldemar Ríos Bermúdez, Víctor A. Claros Medina, Henry O. Holguín David, Teresa Borrero, Libardo Alfonso Yañez, Eliécer Mosquera Brand, Víctor José Gómez Mosquera, Hernando Tobar, José Gregorio Velasco, Jesús María Molina Rebolledo, Marino Holguín David, Eduardo Astudillo, Willians Ortiz Ararat y Harold Banguero Lozano) y el actual, Juan José Fernández Mera.

Ellos deberían liderar una gran convocatoria, un espacio cívico trascendental para requerir a todos los sectores su participación y compromiso, obviamente con el acuerdo serio de dejar por fuera del recinto sus antagonismos políticos, que también en algo han conducido al actual estado de cosas; igualmente, los académicos de gran valía, gestores culturales, dirigentes cívicos, periodistas y empresarios quilichagueños, que estoy seguro se pondrían la camiseta roji-amarilla para buscarle el nuevo rumbo a Santander transformando las realidades sociales que nos aquejan con fórmulas factibles para así, de verdad, “con orgullo y en alto la frente, felices cantemos la tierra natal”.

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