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Jueves, 1 de octubre de 2026

No me gustaba ninguna carrera

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Imagen cortesía de: assadv.com.br

No me gustaba ninguna carrera

Donaldo Mendoza

El proyecto de vida

“No me gustaba ninguna carrera; quería ser músico, y no pude”. Con mi amigo Rodrigo Valencia Q., solíamos armar diálogos con un puñado de correos, y los publicábamos; era un estilo que estaba tomando cuerpo, cuando sin ponernos de acuerdo lo abandonamos. Esta vez, una frase suya se juntó con la de una amiga que me comentaba su escepticismo respecto a la validez de los proyectos de vida, en los que yo de plano no creo.

En lo personal –le comenté a Rodrigo– yo tenía el propósito de envejecer al lado de una hermana mayor que vivía en un municipio del Cesar, desde la niñez me la había llevado muy bien con ella y esa empatía duró más de cincuenta años. Mi hermana murió y las palabras del propósito volaron con el viento. Y así, innumerables circunstancias en el accidentado curso de la vida. En suma, la vida es vicisitud. Pero como somos obstinados, tendemos a hacer proyectos de vida solo con los eventos favorables y damos la espalda a los adversos, que son en su mayoría imprevisibles.

Quienes defienden los proyectos de vida suelen ser personas optimistas, y sienten que las deidades de la felicidad, el éxito y la suerte están de su parte. Y bajo el amparo de ese credo trazan el plan, con unos objetivos que los sustentan y el paso a paso que lo conducirá a la meta. A estas personas las mueve una seguridad y una confianza absolutas. Toda conjura a su favor: la juventud, las experiencias propicias y hasta el ambiente que en cada amanecer les sonríe.

El inventario existencial de estas personas se ajusta a sus deseos, y parece que los escenarios hostiles no existen. Lo del “yo y mis circunstancias” no pasa de ser un galimatías filosófico. Cuando le comento estas cosas a Rodrigo, saca de la manga un as: la familia y la sociedad propician los comportamientos gregarios de las convenciones y las “buenas costumbres”. Así es. «¿A dónde va Vicente? Adónde va la gente», reza el adagio popular. Pero así no es la vida. “En realidad, la vida lo va llevando de la mano a uno por donde hay que transitar. Ni modo de cambiar destinos, y ésta no es ninguna consideración pesimista, opino. Todo se va presentando a su debido tiempo”. Señala Rodrigo la huraña realidad del destino.

El destino, con una cara oculta que quienes elaboran proyectos de vida no tienen en cuenta. El destino, que tiene muy bien organizada la alternancia de sucesos prósperos y adversos que se van tejiendo con los días. Aquí está el quid del asunto. Hoy (06/02/2022) un infortunado evento me hizo ver la precariedad del proyecto de vida: cuando salí temprano con la mascota saludé a mi vecino Héctor Eduardo López Carvajal, su rostro mostraba un color saludable y apacible; cinco horas después me llaman para avisarme que Héctor había muerto. Proyectar la vida, dicho en tres palabras, “no se puede”.

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