“NI LO SUEÑE, MIJITO”

Libros… Aquí sobre mi pequeña mesa. Dormidos o con no sé qué de sueño en las hileras… / Yo quisiera vivir eternamente en uno de esos mundos embrujados… / Y perseguir ilusamente la mariposa que vuela cuando se abre un volumen… (Suenan Timbres.)

El día que llegué a su apartamento a la semana de su muerte, su hijo menor Leonardo Vidales, pintaba con dos amigos la habitación de dos cuartos y cocina en el barrio viejo Teusaquillo bogotano. “Coge lo que quieras,”- me dijo- Y sorprendido por su generosidad tomé sólo del piso donde estaban esparcidos libros y originales de su obra inédita, algunas cuartillas tachonadas de poemas, que luego donaría a la Casa Silva. Obsequio aparecido en la revista y su sesión: “Donaciones a la Casa de Poesía Silva”.
En el momento en que recogía los textos, vi en el suelo tirada la famosa caricatura de Ricardo Rendón hecha al poeta Vidales. Fue cuando me pregunté para mis adentros: ¿La cojo? Y no la recogí. Mientras Leonardo desordenaba aún más el apartamento, con la intención de deshacerse de más cosas. De pronto descubrí en uno de los estantes vacíos de la biblioteca la pequeña caja de madera con las cenizas de Vidales recién cremado.
Como anécdota le oí decir a Vidales, en medio de una larga tenida de trago, al regreso de un viaje a Costa Rica, donde fue entrevistado, que si poseía capital respondiendo que : “El Capital” de Marx. El maestro no tenía equipo de sonido, porque nunca oía música. Sólo le gustaba oír sus repetidas historias en las eternas tomatas de aguardiente, ron, whisky, o lo que fuera. Era una autentica voz testimonial del siglo XX, que se bebió y vivió y vivido enterito y plenamente, participando desde joven en las luchas de su Partido Comunista, o dentro del movimiento Gaitanista, durante su marginamiento, hasta el asesinato del líder liberal, que si triunfaba lo nombraría ministro de Agricultura, según contaba.
En todo ese tiempo de trashumancias, Vidales padeció pobrezas, persecuciones, detenciones y ninguneos. Pero fueron muchas las dichas, viajes, publicaciones, ilustres amistades, y frecuentes recorridos por la Unión Soviética – URSS, y demás países socialistas en los cuales se le tradujo su poesía a varias lenguas de la gran nación.
Luego de su largo periplo: “Donde me paro monto mi escuelita”, decía predicando el socialismo científico, la paz, las ideas estéticas del arte, y la poesía revolucionaria de su libro Suenan Timbres, que le cambió el rostro a la lírica nacional. La Obreriada con poemas de combate en un godo y clerical país, recibió Premio Lenin de la paz en1985, con justeza y gracias a los oficios informativos sobre su vida y obra, por más de diez años desde la década de los sesentas por el Poeta -su gran amigo- José Luis Díaz Granados. Galardón anhelado, poco después del fallecimiento de su esposa Paulina, momento en que decía con ironía: “Paulina comenzó a hacerme milagritos…”
Luis Vidales con 73 años, cuando se produjo a comienzos del 79 el allanamiento a su apartamento por la Brigada de Institutos Militares, del régimen turbayista del Estatuto de Seguridad, impuesto por él. Institución que torpemente fue en busca de la Espada del Libertador, debajo de su cama. Una habitación donde sólo el poeta poseía máquina de escribir, televisor y montones de libros, con los originales de sus obras inéditas guardados en múltiples carpetas. También fotos familiares, diplomas, y el valioso retrato hecho a su cuñado el cronista de “Gotas de Tinta”: Luis Tejada, por Ricardo Rendón y la famosa caricatura dibujada para el “Jardín de los poetas”, convirtiéndolo en un sapo con sombrero alón, corbata, larga pipa, y zapatos en punta. Hoy en posesión de la Casa de Poesía Silva.
Sus cenizas fueron rescatadas por Javier Huérfano, de quien dijo Vidales alguna vez: “Javier (ya fallecido) es huérfano de todo menos de poesía”. Él también poeta calarqueño, las llevó a la Casa Cultural de esa población de donde ambos eran oriundos y donde permanecen.
Luis Vidales ostentaba como prenda un pisacorbatas de lata y en su dedo índice derecho un anillo del mismo material, elaborado por los vietnamitas durante su guerra contra el imperio, con restos de un bombardero yanqui derribado. Prendas mostradas con orgullo. Huérfano heredó su libreta de teléfonos y direcciones con borradores de poemas, que ofreció frente a mí, en venta por una gran suma de dinero, a María Mercedes Carranza, la directora en aquel momento de la Casa de Poesía Silva. Pero ella rechazó su oferta, diciéndole: “Ni lo sueñe mijito”.



