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miércoles 23 septiembre, 2009 a las 1:20 pm
“NACEMOS SIMPLEMENTE PARA ESPERAR LA MUERTE” *

lokura.blogia.com/2005/junio.php

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
[email protected]

La vida es un soplo en este inmenso globo que llamamos Universo. ¿Cuánto dura un soplo, por más que el pulmón sea de un batracio que acostumbra a retener la respiración? La eternidad es un presente y la existencia del ser humano es imperceptible en medio de aquella. Un día no tarda en desaparecer tras el calendario, un mes espera el trabajador su mísero salario y no acaba de gastarlo cuando ya vuelve a recibir el del siguiente. Celebramos los diciembres y cuando despertamos, al poco tiempo ya suenan los villancicos y los jingles alegres que anuncian el fin de otro año.

La vida de los humanos sólo tiene un parpadeo de ojo, una sacada de lengua, un palpitar de sístole o un retirar de diástole. La oportunidad de vivir que la eternidad brinda al hombre ocupa un escaso espacio dentro de la línea astral, – es un punto – que sólo los físicos lo aprecian y que cuando se va a pesar, no queda ni el recuerdo en la bandeja de la balanza universal.

¿A qué viene, entonces, el afán, el estrés, la vanagloria de querer ser inmortales, de ser famosos, de convertirse alguien en mesías, de tenerle miedo a que nos sumerjamos, de pronto, en el sopor del que ya no despertemos? Si la tierra hablara diría que los muertos pesan más sobre ella que los vivos. Millares de millones han muerto desde Eva y Adán y se han ido con sus acciones y sus títulos, sus fracasos y alegrías. La muerte nos sobrevuela, y como cuervo agorero nos picotea la memoria.

Sólo personajes como Soto Aparicio en la edad de la sabiduría pueden pronunciar sin inmutarse esa verdad, sin temblar ante el polígrafo, de que el ser humano nace para esperar morir muy pronto. No es profeta de desastres, porque, además, la muerte no es desastre. Es la ultim-ita parte de la vida, como el pabilo del fósforo que no acaba de iluminar la oscuridad, cuando ya su existencia fenece y ya su Destino está cumplido cuando la cabecita, antes roja, deviene en negro capuchón.

De nada valdrá que usted pretenda ser un faraón o un santón hindú o un zaque chibcha o un emperador antiguo que cuando cierra por última vez los ojos ordena que sea embalsamado y su cadáver sea sentado sobre un trono a esperar una resurrección que postergue su digna dinastía.

Si la vida es un don sublime que se otorga a los mortales, la muerte es otro don más generoso, si se observa que ella llega cuando el hombre ya ha cumplido su Destino. Luego de la niñez, la juventud y la edad madura, después de triunfos y enfermedades, la muerte corta el hilo que ha cosido el vestido, y apaga la luz del escenario donde sonó una sinfonía o unos macabros chillidos. No hay juez más equitativo que la muerte para el niño que no conoce los vicios ni la gripe porcina, o para el joven que apenas iniciaba un curso extraviado o para el anciano que sufre una agonía cruel y larga.

¿Acaso no será lo más sensato saludar desde ya a la muerte que nos cubrirá con su sombra solidaria? No vendrá con un sable en la mano ni con la guadaña infame ni nos esperará a mansalva detrás de la puerta de la alcoba. Esas son imaginaciones de mentes agrias y antediluvianas que se encierran en los mitos que tanto mal han causado a la Cultura.

* Fernando Soto Aparicio, en el XXX Encuentro Internacional de Escritores de Chiquinquirá

18-09-09 – 6:55 p.m.

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