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Viernes, 2 de octubre de 2026

Muertes y Mártires

Muertes y Mártires 1

Los medios nos martirizan

Keshava Lìévano

No todas las muertes pesan igual. No es cuestión de dolor ni de justicia: es cuestión de quién cuenta la historia y quién decide a quién se llora. Hoy, las redes sociales y sus algoritmos han reducido la tragedia a un contenido efímero. Y los grandes medios, atrapados en la lógica del clic, han degradado el oficio periodístico a la repetición sin contexto, al titular diseñado para la ira o la lágrima rápida. Entre la banalidad y la mentira, las muertes se venden, se jerarquizan, se olvidan.

La primera muerte que me muestra hoy la pantalla es la de Miguel Uribe, político joven, nieto de un presidente funesto y hasta funámbulo que gobernó a punta de garrote y bala. Su nieto en cuestión menospreció y se burló como Secretario de Gobierno Distrital, de la violación y empalamiento de Rosa Celis, ella sí una Mártir de esta cultura ambigua, afirmando que era su culpa por ser como era y vestirse como quería. Justificó además la pérdida de sus ojos de más de cincuenta jóvenes que protestaron en las marchas y perdieron la vista a manos de la ceguera del Esmad. Hoy, tras fallecer por un atentado, los grandes medios lo llaman “mártir”, lavan su imagen e ignoran su pasado, borran sus frases. Las fake news no es solo inventar algo falso: es también construir un relato incompleto que acomoda la memoria a conveniencia.

Muertes y Mártires

La segunda muerte, es la de una joven bióloga de la Universidad Nacional, brillante profesional devorada por un enjambre de abejas. Un hecho brutal y real, apenas notado en la avalancha informativa. Sin fotos virales, sin morbo político, su muerte se hunde en el feed. El periodismo que pudo darle contexto y humanidad prefiere la nota breve que se disuelve en minutos en el aire como el enjambre de abejas.

La tercera muerte es la del periodista palestino, asesinado por un francotirador israelí mientras cubría la masacre en Gaza. Un testigo incómodo. Aquí, los grandes medios apenas mencionan su nombre, y la maquinaria de las redes lo oculta bajo recetas rápidas y bailes coreografiados. La banalidad es también un arma: entierra el horror en capas de entretenimiento vacío.

Esta es la coreografía del olvido: medios y algoritmos deciden quién vive en la memoria y quién es borrado. Fabrican héroes y esconden víctimas. El duelo se convierte en mercancía, y el periodismo —ese oficio que debía incomodar al poder— se reduce a altavoz de intereses y propaganda.

Por si las dudas, lamento la muerte trágica de la bióloga. Pero jamás lamentaré la muerte de quien propició y generó esa violencia que maltrata a las mujeres y quien además ha sido un títere de la política corrupta y consentido del ahora condenado Uribestia.

En cambio, no callaré mi voz por la defensa del pueblo palestino y contra la masacre israelí. Siempre caminaré del lado de los oprimidos de a pie y no del de los opresores y gente de bien.

En la gran feria de las pantallas, la muerte es un producto más. Hoy, los internautas de mirada perdida —zombis conectados a gotero de wifi— se alimentan de titulares como si fueran comida rápida. No importa la verdad, importa el impacto. No importa la memoria, importa el like. El metaverso dicta la dosis de indignación diaria, y todos obedecen con devoción.

La televisión y las redes sociales se han convertido en un teatro global donde lo que importa no es la verdad, sino la narrativa que más clics genere. En los estudios de “Fake TV”, la Muerte misma conduce el noticiero, vestida con impecable traje y sonrisa hueca, repartiendo titulares envenenados que maquillan la mentira con luces y pantallas de alta definición.

El usuario comparte sin leer, opina sin saber, replica sin pensar. La banalidad se disfraza de tendencia y la indignación se mide en emojis.

Mientras tanto, el oficio del periodista se degrada: la verificación cede ante la inmediatez, el contexto ante el titular escandaloso, y la investigación ante la presión del algoritmo. La verdad, cada vez más rara, queda enterrada bajo capas de ruido digital.

Por eso, hoy más que nunca, no hay que tragar entero. No hay que caer en el juego. Hay que dudar, buscar, verificar, cruzar fuentes y asumir nuestra responsabilidad como usuarios. Porque si dejamos que otros piensen por nosotros, el espectáculo continuará… y siempre habrá alguien escribiendo el guion por nosotros.

En un mundo donde la noticia falsa viaja más rápido que la verdadera, donde los titulares son carnadas y los algoritmos cebos para moldear opiniones, el periodista, reducido a creador de contenido exprés, pelea contra la marea de banalidad que devora su oficio.

Antes había periodistas tendenciosos, ahora todos quieren ser tendencia.

Así que ojo y oído, No coma cuento, ni trague entero. Piense. Pregunte. Verifique. O alguien más decidirá qué es verdad por usted.

Fin del comunicado


Texto e IlustrArte Digital By Keshava Lìévano
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