Muertes, muertes y política


Hasta María Isabel Rueda sabe que el protervo accionar de las Farc no es culpa de Santos. Pero en este país se prefiere el reduccionismo impulsado por la mente más estrecha de los últimos tiempos, no en vano el epíteto: dizque el gran colombiano.
Es curioso: al tiempo en que eran condenados tres altos funcionarios del gobierno del líder de la indignación nacional, el país lloraba los soldados. Los héroes de la patria, dicen unos; triste, triste que a uno le impongan como héroe un sujeto que enfila un arma y no una persona que se mata entramando las historias que nos hacen olvidar de este mundo.
Vuelvo. Ciertamente, este gobierno tiene todo para ser objeto de críticas: un neoliberalismo que mantiene las desigualdades heredadas por años, con el agravante de un modelo de desarrollo que está en desmedro del entorno natural. Una displicencia por las necesidades de los olvidados, una complacencia con los dueños del capital. En fin. Este gobierno deshace en Colombia y, paradójicamente, construye en La Habana. Pero esa incongruencia, es menos fustigada que el asesinato de los soldados, porque en el país en el que los niños se mueren de hambre, lo que impacta es la sangre. Ah claro, con eufemismos como “el Ejército reforzará la zona donde se perpetró la masacre”, se maquilla lo de siempre: que la sangre se venga con más sangre. A nadie le avergonzó las condiciones de vida de los habitantes de la vereda donde se perpetró la hecatombe. Y tampoco la muerte de los 5 comuneros indígenas en el mismo escenario donde se presentó la emboscada a los militares.
Que me disculpen los parientes de los difuntos –de los militares y de los guerrilleros, sí, los guerrilleros también tienen familia–, pero esa supuesta indignación no es más que otro de los ardides políticos con los que el gran colombiano y sus secuaces hacen política. Con esas muertes alimentan el odio que se ha creado en el enemigo, con esas muertes impulsan un obtuso patriotismo, y claro con casos estremecedores como estos se deja de lado otros casos iguales o, desde el punto de vista institucional, más repugnantes que las muertes: ¿en qué mente puede caber que el mismo ser que hace unas semanas arguyó no “reformar la constitución por coyunturas políticas”, fue reelegido ¡jefe de Estado!– por una reforma cuyo consenso se logró fraudulentamente?
No. Lo “importante” es que los cínicos de las Farc incumplieron de manera abrupta la tregua unilateral. Hoy esas personas citan a la CERAC para constatar sus afirmaciones, pero hace unas semanas –cuando las cosas marchaban mejor– desconocían que este mismo centro de análisis reconocía que el nivel de cumplimiento del cese de hostilidades era muy alto.
Punto a parte son las conjeturas que se pueden sacar en torno al ataque: ¿son las Farc monolíticas? ¿Tienen potestad militar los mandos que dialogan en Las Habana? Si lo tienen es preocupante: ¿hay disidencias dentro de la organización? ¿Por qué perpetraron la masacre?
Las Farc son sordas y con una mente igual o más reducida que la de su contraparte, pero estas están fuera de la legalidad, luego no se puede esperar mucho.
Ahora bien, por muy héroes que sean los militares estos no han podido derrotar militarmente a los terroristas. En esa lógica, es claro que las Farc no se van a someter. Hay que demandar mayor compromiso por parte de esta organización, y aunque cuesta hay que procurar matizar los acontecimientos con atenuantes.
Una última cosa, a Santos hay que abuchearlo por su reforma al equilibrio de poderes, por negociar con la salud y la educación… pero, hombre, ¿qué responsabilidad puede tener a una persona que, por obvias razones, no tiene mando en su contraparte? No caigamos en ese juego.
Habrá que ser muy vil para hacer política con esto.



