MUERTE


MUERTE

Y cuando lo alzaron en la cruz, intensa, dramática tarde del destino, Él cruzó su mirada con aquella mujer de ojos santos.
Lo había abordado una vez ante las puertas del templo, le había pedido una señal, un sueño se la había confirmado muy secretamente; y en otra ocasión había reverenciado a María, quien iba con Él y Juan, camino a casa.
Temblaba el cuerpo de Él sobre la cruz; no podía sostener su cabeza en alto, el peso la vencía; sangre y sudor hacían más única esa tarde del destino; el tormento dolía tanto a Él como a sus fieles seguidores; se veía en el cielo una languidez llorante.
Y ella era una de ellos; lo amaba con fidelidad secreta, pues realmente nunca había sido del séquito visible de discípulos; pero el alma la ligaba al Maestro como el resplandor al sol, de donde viene.
Pocas cercanías físicas habían sido suficientes para adorar en Él la sublimidad de su palabra, doctrina que adviene al espíritu cuando ha buscado con intensidad, entrega, amor y verdad, y entonces la Revelación accede como a ruego santo inevitable.
«Dichosa tú porque has escuchado la Palabra; dichosos los pechos que te alimentaron», sentía que le repetía Él en lo hondo de sus días de recogimiento y contemplación.
Y ella vivía en intimidad esa Palabra que sobrepasa todo entendimiento.
Y entonces, en el postrer momento, cuando Él gritó «¡Abba!», ella sintió la desgarradura inmensa del cielo en su interior; vio abrirse la estación sublime, el resplandor primero y último, el Santo de los Santos, el velo abierto que descubre el canto de los cielos.
Y lo vio ascender en gloria, allá donde todo calvario no vuelve nunca la mirada, porque El Señor es lámpara eterna en adelante, y no habrá más días ni tardes ni noches, porque todo será resplandor en lo Inefable.
Y entonces Jesús entregó su espíritu; siete rayos señalaron esa tarde del destino; el velo del templo se rasgó, y varias murallas de la ciudad también gritaron como voces de trompeta: «¡Abba!»; algunas cayeron a tierra ante el pánico de todos, mientras azotaba una lluvia torrencial; parecía lamento de los ángeles.
Después, ella fue donde María y el grupo de discípulos; trató de consolarlos, quiso invitarlos a un descanso santo en su casa.
Y nunca una tormenta había reunido muerte e iluminación como en esa tarde del destino.
La tarde había sido noche y día en lo íntimo, un destello que retorna y no se olvida nunca.



