“Mucha animación quilichagueña, pero…”.


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Comienzo mi acostumbrada columna semanal, narrando un sencillo incidente de la vida real quilichagueña, acaecido en un caluroso día sábado, pleno de animación y de afanes en todas direcciones, día plenamente comercial, del rebusque, de la economía formal e informal, día de los “amigos de lo ajeno”, cuando hacen de las suyas y nuestras pacientes autoridades policivas planean sus operativos para capturarlos y llevarlos a buen recaudo (“y después soltarlos”, como dice un amigo, de parte de otras autoridades, “por falta de pruebas” y porque son menores de edad, algunas veces), día del encuentro de las comunidades rurales y urbanas, día de ir a la “galería” a “remesear”, un día, en fin, completamente diferente a los demás, con su propia identidad, ambiente y forma de ser.
El incidente en mención, ocurrió dentro de una conocida y concurrida librería central, adonde acuden diversas clases de personas, por su ambiente cálido y acogedor, propicio para hacer las compras de manera segura y acogedora, en medio de conversaciones sanas e interesantes, rodeados por libros, revistas y periódicos que incitan a leerlos y a comprarlos, por arte de magia. Entró una pareja bien educada, ella colombiana y él, extranjero, por su acento y sus modales. Al instante, establecimos comunicación y me enteré que era canadiense, nacionalizado en Colombia. Seguimos charlando tranquilamente, cuando fuimos interrumpidos abruptamente por el ruido ensordecedor de unos bafles, que, dentro de una camioneta, anunciaban a todo volumen y sin compasión por los peatones y la gente del centro, la presentación de unos artistas. Al instante, miré el rostro del extranjero y observé un gesto de asombro, incredulidad y ansiedad, por lo que estaba contemplando… y oyendo. Por mi parte, esperé a que pasara tan bochornoso incidente, con una pena mayúscula, como si mi cara se me estuviera cayendo a pedacitos. Cuando pasó esa parafernalia y esa vergüenza, quise saber su impresión sobre lo sucedido y le pregunté directamente: ¿Y usted, qué opina de semejante bulla? Pasaron unos segundos eternos y su respuesta fue corta, pero incisiva e inteligente: “Mucha animación, pero… estamos en el país del sagrado Corazón de Jesús” (traducción: mucha bulla, pero estamos en Macondo y en Santander de Quilichao).
Sobra decir que, como quilichagueño adoptado y enamorado de mi ciudad, incidentes como el comentado, me llenan de tristeza y vergüenza, tanto por la persona que presenció y oyó ese barullo impresionante, como por el resto de ciudadanos indemnes, que todos los días tenemos que soportar y aguantarnos toda clase de sonidos infernales, para anunciar espectáculos y afines, en contra de las normas ambientales, que velan por la tranquilidad del medio ambiente ciudadano y urbano. ¿Dónde están las autoridades encargadas para controlar esos atentados auditivos?



