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Jueves, 1 de octubre de 2026
viernes 18 septiembre, 2009 a las 10:49 pm

Mortifiquemos la imaginación

Por: Sebastián Barrera S.

En el momento del Bautismo vinieron a nuestra alma las tres personas de la Santísima Trinidad con el deseo de permanecer unidas a nuestra existencia. Esta presencia, especialísima, sólo se pierde por el pecado mortal.

Los cristianos no debemos contentarnos con no perder a Dios: debemos buscarle constantemente en nosotros mismos procurando el recogimiento de los sentidos que tienden a distraerse, desparramarse y quedarse apegados a las cosas.

Para lograr este recogimiento, a algunos el Señor les pide que se retiren del mundo, pero Dios quiere que la mayoría de los cristianos (madres, estudiantes, trabajadores…) le encontremos en medio de nuestros quehaceres.

Mediante la mortificación habitual durante el día, guardamos para Dios los sentidos. ¡Es asombroso comprobar una y otra vez la estrecha relación que existe entre esta mortificación y el gozo interior!

Mortifiquemos la imaginación, librándola de pensamientos inútiles; mortifiquemos la memoria, echando a un lado recuerdos que no nos acercan al Señor; mortifiquemos la voluntad, cumpliendo con el deber concreto, porque el trabajo intenso, si está dirigido a Dios, lejos de impedir el diálogo con Él, lo facilita.

Desde los primeros siglos de la era cristiana, la palabra “Trinidad” nos ayuda a entender el misterio de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo (Mateo 28, 19), tres personas divinas en la perfecta unidad del amor, “porque Dios es Amor” (1 Juan 4, 8). El Espíritu Santo está en el alma del cristiano en gracia, para que cada vez se parezca más a Cristo, para moverlo al cumplimiento de la voluntad del Padre, y ayudarle en esa tarea.

¿Porqué sentirnos solos, si la Santísima Trinidad nos acompaña? Pidamos a la Virgen que nos enseñe a comprender esta dichosísima realidad. ¡Qué distinto es nuestro porte, nuestro comportamiento, nuestra conversación, aún en circunstancias difíciles, cuando tenemos conciencia de que somos templos de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo!

Roguemos a nuestra Madre: “¡Dios te salve María, templo y Sagrario de la Santísima Trinidad, ayúdame!”

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