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Jueves, 1 de octubre de 2026

Morir es

Morir es
Morir es

Guido Germán Hurtado Vera

Suele creerse que nadie piensa sobre la posibilidad de su propia muerte, pero esto no es del todo cierto. Ensayistas de todas las culturas han escrito sobre la mortalidad.

De la misma manera se cree que después de que uno o ambos padres hayan muerto la muerte regresa. Había alguien más viejo que debía morir primero y ahora que ha fallecido le toca el turno al primogénito. Como si la muerte respetara la fila familiar.

De cara a lo anterior refiero una de las numerosas leyendas sobre la muerte, la narra Eurípides en su obra Alcestis:

Admeto, rey de Tesalia, pidió a sus padres, Feres y Periclímene, que murieran en su lugar. Al tiempo que le solicitó al dios Apolo que interviniera ante las Moiras para que le aplazaran su muerte.

Las Moiras, son tres semidiosas responsables de tejer el destino de cada una de las personas que nacen. Las hermanas tienen un papel distinto en el proceso: Cloto hebra el hilo, Láquesis mide su extensión y Átropos corta el hilo con tijeras. Juntas completan el proceso de determinar el destino de cada persona.

Apolo las emborrachó con vino y así (convertidas en seres humanos) accedieron a aplazar la muerte de Admeto si éste lograba encontrar a alguien que muriese en su lugar. (Lo que hace el alcohol).

Admeto estaba convencido que uno de sus ancianos padres moriría con gusto en lugar de su amado primogénito, pero ambos se negaron. Ante tal escenario, su esposa, Alcestis, se ofreció para salvar a su marido y murió. (Y ustedes que no creen que alguien muera de amor por otro).

Hasta aquí les narro para que terminen de leer el mito griego de Eurípides.

La leyenda anterior no es mi caso. Mi padre, Hernando, murió hace 32 años. Mi madre, Oliva, está enferma, no por ello quiero que se muera. Soy el menor de seis hermanos y no deseo que ninguno de mis hermanos por ser mayores muera primero. Martha no morirá de amor por mí.

Mezclada mi reflexión, por un lado, sobre la muerte y, por otro lado, sobre el estado de salud de mi madre, cobra más fuerza la imagen de que la vida me está mostrando el camino hacia mi fin.

Dudo que yo llegue a los ochenta y ocho años que tiene mi madre; y en el caso de presentar una enfermedad como la que padece, dudo también que yo sea capaz de soportar las incomodidades que ella sufre.

La muerte no siempre marca el fin de una vida, sino que extiende su historia positivamente. Policarpa Salavarrieta, Gandhi, Marie Curie, Sully Prudhomme, Selma Lagerlöf, Martin Luther King, Sor Teresa de Calcuta, Rosa Parks, Luis Carlos Galán, Rodrigo Lara Bonilla, Diana Turbay, Enrique Low Mutra, y mi padre, Hernando Hurtado Sandoval, sufrieron muertes que fueron un suceso. Paradójicamente, para mí todos siguen vivos, en especial mi padre.

La muerte de esas personas maravillosas (faltan más y que por espacio no enlisto), bien por problemas de salud o por su condición o porque los asesinaron, no acaba de un tajo con su presencia. Muchos de ellos siguen vivos, se inmortalizaron. Los invito a recordar a familiares o amigos muertos que todavía habitan en sus mentes y corazones.

Cuando tenía cincuenta años solía pensar: -Estoy en la mitad del camino de la vida. Y a la vez me preguntaba -¿Quién ha determinado que cincuenta años es la mitad de la vida? Cincuenta es la mitad de cien, me lo enseñó Ruby, mi profesora de primaria. En octubre de este año cumpliré los sesenta, no sé si es más de la mitad de mi vida y, menos aún, cuántos años me quedan de vida. (Pediré una cita a las Moiras para consultarles, pero no habrá ni una gota de alcohol).

Lo anterior para señalar que cuantas más tareas significativas hayamos hecho en vida y cuanta menos capacidad nos quede, más preparados estaremos para la muerte. Es saber que se ha vivido dignamente.

Confieso que no me agrada pensar que he recorrido ya muchos años de mi vida. Sin embargo, todavía tengo un margen de tiempo para perfeccionar mi camino. Tengo el conocimiento suficiente para ajustar los términos y crear nuevos puntos intermedios que me conecten con mi destino final.

Lo genial de esta ilusión de correr los límites y desear otros diez o veinte o treinta o cuarenta años de vida es que se me viene una sarcástica sonrisa acompañada de nostalgia con un final de sollozo.

Tengo claros los motivos de aferrarme a la vida hasta el final, pero existe otro motivo, igualmente atractivo: al cabo de una vida plena una persona que aún posee la inteligencia y la capacidad de decisión puede elegir en aventurar la vida por una causa noble.

No será el mismo motivo para todos, pero algunos quizá consideremos sensata la idea de dedicar nuestros penúltimos años a luchar contra las injusticias sociales. Será la aventura de sembrar el amor, la ética y la belleza para que renazca la vida.

Por eso creo que morir es hacer lo que es importante hacer y ser lo que es importante ser.

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