MODERNIDAD Y CRISIS

- “… los campesinos, ahora intérpretes y traductores de la sociedad en que vivimos…”
- “… la globalización no es simplemente el acceso a los celulares y computadores, sino el fantasma del mercado…”
- “… con nuevas técnicas de progreso se compadece a los pobres, pero para que mueran más temprano, como una forma de incrementar impúdicamente la ganancia y resolver el conflicto social…”

En los discursos gubernamentales y de quienes se disputan el poder, con frecuencia se alude a la necesidad de alcanzar la modernidad como prerrequisito para que el país ingrese a una época de armonía social.
Se supone que al hablar de modernidad, término que seduce y fascina, tanto más en las democracias fallidas, los conductores del país asocian el concepto con justicia, orden y progreso.
Sin embargo, pese a la intención de los actores del poder de lograr una sociedad que por sus niveles de bienestar hipnotice a los ciudadanos, los conflictos son de tal magnitud y dimensión, que la muchedumbre recibe las ofertas como un galanteo político que cubre menosprecio.
La época de las comunidades aisladas, sin sentimientos de pertenencia colectiva, de región o país, ha quedado superada por la tecnología comunicacional momentánea, que ha modificado la manera de entender la realidad, sentir y asociarse para defender su entorno.
Pensar que la globalización sólo comprende pistas comunicacionales, fortalecidas con las rede sociales, desfigura el sentido de la “casa global”, porque ahora en las morada del siglo XXI los nuevos sujetos históricos conocen las razones políticas por las cuales no pueden acceder, y ni siquiera aproximarse, al goce de la prosperidad, identificando con facilidad, los sistemas políticos y económicos causantes de su infortunio, que hasta ayer atribuía a deidades supremas o a la suerte.
En el caso de las movilizaciones sociales, que han puesto en jaque la institucionalidad colombiana, encontramos que los campesinos, ahora intérpretes y traductores de la sociedad en que vivimos, han entendido, sin ser politólogos, juristas, sociólogos, ni filósofos profesionales, que la democracia liberal existe como una cáscara envejecida y no como una fruta carnosa para ser disfrutada a plenitud.
Don Juan, que ayer no sabía de “valores de cambio” y “valores de uso” y le era indiferente saber sobre “importaciones y exportaciones”, hoy sabe que la globalización no es simplemente el acceso a los celulares y computadores, sino el fantasma del mercado, donde no encuentra consenso solidario, es objeto de puntilleo gubernamental y se le pretende desconocer su derecho inalienable al desarrollo humano.
¿De cuál modernidad podemos hablar hoy en los foros políticos? ¿De la igualdad jurídica frente a la ley? Todo es visto por los nuevos actores del campo como un escenario donde los partidos ya no son reguladores de sus aspiraciones, ni encuentran en ellos espacios políticos que promuevan la igualación de oportunidades, observando que en la cadena de representaciones las colectividades históricas se esfumaron, las colectividades históricas se convirtieron en pirámides personales y la democracia se encuentra seriamente averiada.
Don Juan no ha recibido formación en las escuelas de economía, no obstante sabe que cuando se enferma, en virtud de la Ley 100, de puro centro democrático, como paciente quedó convertido en cliente, que los directores de las instituciones sanitarias ahora son gerentes, que su cuerpo hace parte de la ley de la oferta y la demanda, y entiende que los médicos, por científicos y humanitarios que sean, venden servicios y una mercancía prodigiosa: la salud.
Si ayer las monopólicas empresas fueron presentadas como las víctimas de los sindicatos y trabajadores, aupadas por el Fondo Monetario Internacional, que impuso la flexibilización laboral, hoy los trabajadores del campo no pueden ser exhibidos y mostrados como autores del desastre de la economía colombiana, como se ha pretendido presentarlos.
Saben los campesinos, cuando reciben los precios del café, la papa, el cacao, los huevos, las frutas, la carne y pagan los insumos, que no son ellos los que se quedan con las altas tasas de ganancias y que si no se corrigen los acuerdos leoninos del Tratado de Libre Comercio el campo desaparecerá y quedará convertido en un desierto. (…la posición del Presidente Santos, de modificar aranceles, va en sentido correcto, pero no es suficiente).
¿Y a esta hora dónde anda el liberalismo como fuerza histórica aliada de la social democracia?
En la arremetida neoliberal dio un paso al costado, silenció sus armas ideológicas progresistas y optó por la defensa del capitalismo salvaje del Siglo XX y XXI.
Sus voceros han ingresado contritos, llevando sus propios reclinatorios, a los templos del capitalismo global, donde a la hora del evangelio participan con retóricos discursos cuestionando el Estado Social, del que su partido fue vigoroso defensor.
Poco importa al liberalismo que se hayan podido construir Estados de Bienestar Social, como en Suecia, con elevados estándares de vida y democracia no restringida, sin renunciar al capital privado.
Y si el mercado ha sido postulado como una nueva forma de contrato social, quiere decir que estamos frente al canibalismo económico internacional, donde con nuevas técnicas de progreso se compadece a los pobres, pero para que mueran más temprano, como una forma de incrementar impúdicamente la ganancia y resolver el conflicto social. Hasta pronto.



