MIRADAS CRUZADAS

MIRADAS CRUZADAS
Tus pecados te son perdonados…
Tu fe te ha salvado; vete en paz.
Lucas 7,36–8,3

En Semana Santa vuelven los recuerdos alrededor de los hechos de Jesús. Sobrevive en todas las memorias y sobre todos los tiempos la imagen de la mujer con el rostro cubierto de lágrimas ungiéndolo. La hermenéutica y la teodicea quizás son las únicas que les parece claro el verdadero sentido del hecho.
Con los años esa sacra imagen se ha desfigurado con interpretaciones vulgares. La decadencia de las comunicaciones del siglo XXI, las letras obscenas que afloran en la música moderna, los escultores de preciosidades libidinosas de todas las épocas, el sincretismo que se siente hechizado del hedor de la corrupción de los espacios por su figura maravillosa y los cristotraficantes han buscado mil excusas y se han aferrado a textos antiguos para declarar que las mujeres huelen a pecado y que ellas solo son instrumentos de nuestros más frenéticos sueños y bajezas.
Volvamos nuestra mirada a los hechos salvíficos del Mesías. El episodio de la unción por parte de una mujer ha sido profundamente falseado, disfrazado de libido y cargado de sensualidad extrema. En el misterio de Jesús ese sencillo ritual tiene un significado más profundo. No obstante, toda duda sobre el acto desaparecería si tal elogio hubiese sido realizado por un hombre. Empero, la portadora de nardo una dama, por lo tanto, sinónimo de pecado carnal.
La mujer, en silencio, se arrodilla a los pies del portador de paz y perdón. Ya no resiste, no se puede sostener, no consigue contener por más tiempo la ola de ternura que le aprieta el corazón y le hincha los ojos. Quisiera hablar para expresar su transformación, la cual es un puro, simple, cordial agradecimiento por el bien que ha recibido, por la luz que la ha permitido abrirse a una nueva vida.
Ante la mirada inquisidora de los hombres, tiemblan sus labios y un silencio conventual la domina; no quiere un discurso demagogo, solo dejarse llevar por los sollozos. Así, pues, no pudiendo hablar con la boca, habla con los ojos; su silencioso sollozo es una ofrenda de arrepentimiento y cree que libra su corazón de la opresión; sus lágrimas refrescan sus penas. Por fin, una dulce paz se adueña de su sangre, le hace temblar y desfallecer para volver a nacer. Piensa en su carne remendada por los hombres, a ellos ha tenido que sonreír para mostrar el falso rostro de la felicidad. Llora a los pies del Maestro y sus penas se trasforman en alegría y consuelo. Su mirada es perdón.
Todo ha cambiado, se ha alterado el orden de las cosas; una mujer le ha ungido la cabeza igual que a los sumos sacerdotes y reyes; los pies como se unge a los señores y los huéspedes en días de fiesta. Pero al mismo tiempo es una unción para la muerte y la resurrección. Jesús, que está por entrar a Jerusalén donde aquel símbolo reunirá los dos más grandes misterios: el Mesianismo y la Crucifixión.
Si tenemos la capacidad de cruzarnos con el rostro de la mujer apreciaremos que llora su vida anterior la cual es felizmente revocada por la mirada de amor y misericordia de Jesús.
Podemos inferir que el sollozo, es el llanto de alegría del segundo nacimiento, del júbilo por la conversión repentina, por el hallazgo de su alma que parecía perdida, por la esperanza maravillosa que la ha sacado de la suciedad de la materia para elevarla a la iluminación del espíritu. La mujer ha cesado de llorar, sus lágrimas han sido derramadas, pero sólo Jesús ha comprendido su silencio. Un acto propio del Hijo de Dios.
Por lo tanto, para hallar paz y perdón debemos dejar de hablar, y solo permitirnos desde el silencio que Jesús resucite en nuestros corazones para nuestra felicidad y consuelo eternos.
****************
Otras publicaciones de este autor:





