No puedo menos que pensar en mi padre ahora que intento hablar de la figura de los hombres que han dado origen a un hijo. Su cuerpo erguido contra el viento cuando caminaba, su bigote finamente perfilado, su palabra pulida, su mirada compasiva, su alegría radiante cuando nos llevaba orgulloso de la mano o divisaba un éxito en cualquiera de sus ocho hijos. Así guardo entre mis perfumes el recuerdo de mi padre.
El ser de piel fuerte y manos grandes y callosas, de espalda ancha preparada para sobrellevar la carga de la familia, de ojos dulces para presenciar las volteretas, parece el retrato de todos los padres del mundo. Al pie de la madre puso su granito de arroz para que naciera la hijita o el varón y empezara, como la mariposa, su vuelo por la vida. Jamás se imaginó las vigilias, los sudores, las angustias, los trabajos que tendría para que esa carita sin dientes de la cuna creciera y se fuera convirtiendo en una persona segura e independiente.
Porque ser padre no es solamente dar ocasión a que un ser más pueble este mundo lleno de cuadros blancos y negros como un ajedrez por los que hay que saltar para ganar o perder un juego duro. El padre también estará vigilante cuando haga los movimientos necesarios y los disfrute si lo gana o empiece otro para conseguir el éxito. No es un solo juego la vida de un hijo. Es una serie indefinida y el padre aplaude cuando triunfa y acompaña con su apoyo cuando cae un peón, una torre se derrumba o un caballo se tuerce el tobillo.
La labor del padre es un largo lazo de esfuerzos, de gozos, de suspiros y ansiedades. No es fácil ser un padre con todas sus letras. Pero la fuerza de sus brazos y de sus manos, el calor que brota de su pecho cuando abraza, la palabra de ánimo y la respuesta del beso son nudos que aprietan cada vez más su lazo con los hijos. Nada valdrán la enfermedad, el insomnio, el fracaso en el trabajo ante el júbilo por el hijo que da el primer paso, o por la grada que sube, por el trabajo que consigue o porque alza el vuelo hasta donde él jamás lo imaginó.
Ser padre, así, es un premio de la vida. Es vivir mejor que en el paraíso. Es convertir la tierra en cielo. Sentir en la carne y con el afecto el amor de los hijos es medicina, es alimento, es bañarse todos los días en un mar tibio de cariño y hasta hace olvidar el sentido de la paz, la guerra, la gratitud o el olvido.
La palabra padre es lo mismo en la boca de los hijos cuando dicen papá, papi o pa. Suena a azúcar, a bálsamo, a beso puro, a mejor regalo. Cuando reconoce la voz, voltea el feliz sujeto la cabeza, mira por encima de su hombro y ve la sonrisa de quien la pronuncia. Por esa única palabra el hombre que la merece podría morir de felicidad.
El padre jamás pensó cuando el hijo salió de la madre, que fue su acción la de un pequeño dios que dio vida a un ser sobre la tierra para que después lo glorificara dándole el nombre inmenso de Padre. Cualquier otro título o presea es insignificante frente a la realidad de un abrazo de un hijo, de un beso o de una llamada por teléfono que comience por “Papá”.
24-06-10 – 10:15 a.m.





