Migración por partida doble
Por: Dagoberto Muñoz Erazo y Mónica Castaño / El calor es abrasador, es sábado y la temperatura supera los 40°C, las húmedas ventiscas levantan del suelo la tierra seca, desmoronada. Los trupillos que junto a los cactus parecen ser los únicos sobrevivientes bailotean con el viento que va despojándolos de sus muchas hojas secas, sin vida. Rodeada de este árbol oriundo de las sabanas Guajiras está la comunidad de Joupanachon, una zona como muchas del área rural de Uribia en donde se asientan los principales resguardos indígenas de la media y alta Guajira.

Es en esta comunidad, Joupanachon, donde nació en el año de 1955 Reinaldo Fernández Jusayu, un hombre de familia que hoy ostenta uno de los títulos más importantes otorgados dentro de un clan Wayúu. Fue elegido por línea materna como la siguiente autoridad tradicional de la comunidad, aquella en donde se asentaron las familias de sus tíos maternos tiempo atrás y que hoy es el hogar de toda su familia.
Pero, Reinaldo no siempre habitó allí. Para la comunidad Wayúu su tierra siempre fue una sola, no había fronteras y eran los únicos habitantes del planeta. La división de la Gran Colombia en 1830 impactó también la tierra Wayúu donde se levantaron arbitrariamente fronteras invisibles que los obligaron a asentarse más al noreste del territorio colombiano, convertirse en residentes venezolanos del estado de Zulia.
En respuesta a las ardientes sequías de aquel tiempo, las cuales Reinaldo recuerda que se habían venido empeorando. Buscando, al igual que muchos otros Wayúu, mejores condiciones de vida para él y su familia, hace 10 años migró a Venezuela donde al principio encontró buenas oportunidades de empleo y estudio para su hijo y su sobrino.
Una estabilidad que poco a poco se fue desmoronando. “Tras 10 años de vivir allá, el panorama en Venezuela fue empeorando silenciosamente de la mano del gobierno de Hugo Chávez” afirma Rosarito Hariyu, esposa de Reinaldo. Y ante los rumores de una eminente persecución a las comunidades de la zona por parte de ese gobierno, Reinaldo junto a Rosarito tomaron la decisión que por mucho tiempo había estado rondando sus cabezas; volver a su territorio ancestral.
Hoy la familia habita la comunidad de Joupanachon, una ranchería en la que conviven unas 12 familias, todas emparentadas por la línea materna y cuya escuela dotada de unos pocos pupitres tiene por pizarrón no más que la arena. Una zona en la que esta familia, al igual que cientos de la media y alta Guajira, está sufriendo las inclemencias del cambio climático que ha arrasado con todos sus medios de subsistencia. La prolongada sequía no ha dejado más que muerte a su paso y la sumisión de un pueblo entero que siempre vivió autónomamente, hoy solicitando ayudas del gobierno.

“Yo me acuerdo que mi abuela y mi madre tenían de todo, de diciembre a enero, después del 30 del primer mes del año, tenían animales en cantidad, de diferentes clases. En esos tiempos llovía cada tres meses en la región, si la tierra medio se secaba, llovía otra vez y nuestros sembradíos producían bastante. Todo el tiempo había reservas de maíz, yuca, plantas de toda clase. Lo mismo que tenían en el mercado de Uribia lo teníamos acá. Pero hoy ya no hay abundancia, todo depende del dinero. Sin plata no hay comida”, afirma Reinaldo.
A este panorama, se suma no solo la crisis fronteriza colombo venezolana que lleva ya un largo periodo de tiempo, sino el destierro del que han sido víctimas muchos colombianos. El recrudecimiento en los controles aduaneros que desde hace ya tiempo fueron limitando el paso de alimentos, mercancías y combustible, generado desde diciembre de 2013 y oficializado el 4 de febrero de 2014, agravan la situación e interrumpen el único flujo de bienes alimentarios y no alimentarios (en particular combustible) en la zona. Así lo afirma un informe liderado por Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para asuntos Humanitarios, OCHA.
La cara opuesta la presentan los menores de la familia, Alexander, hijo de 28 años y Raymundo, sobrino de 16 años, quienes vivieron en Venezuela, estudiaron y compartieron con los arijunas o civilizados y quienes sueñan con tener un mejor futuro, una mejor vida, colaborando con su familia pero alejados de las inclemencias del cambio climático en el territorio de sus ancestros.
A pesar de este escenario hostil en el que el saciar el hambre y la sed es la más importante preocupación diaria para estas comunidades, Reinaldo afirma: “Aunque aquí pasamos muchas necesidades, la sequía y todo, aquí es donde me siento tranquilo”, además, reflexiona que a su tierra lo único que le falta es el agua, que vuelva la lluvia para bañar con sus aguas a esa tierra tan fértil que ha sustentado milenariamente la existencia de su pueblo. Reinaldo concluye que su propósito no es que las comunidades pidan ayudas del gobierno: “Tenemos ganas de sembrar, somos sembradores, lo que necesitamos es agua y ya con eso es suficiente para nosotros, para defender a nuestro pueblo. La solución de todo es el agua”.