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Miedo a la libertad

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Miedo a la libertad
Miedo a la libertad
Foto: DepositPhotos

Miedo a la libertad.

Guido Germán Hurtado Vera

Vivir en una sociedad democrática es algo muy complejo. Los totalitarismos no son más que intentos de resolver por la fuerza la complejidad de las sociedades modernas.

El fin de los gobiernos totalitarios es restringir las libertades positivas. Las menosprecian. Las consideran peligrosas. Los dictadores saben que no pueden simpatizar con las libertades porque si se las tolera acaban con ese poder dictatorial. Por eso las borran literalmente del mapa.

Los dictadores coartan las libertades individuales, pues el concepto totalitario proviene de la palabra “todo” y por lo tanto no se conforman con tener que compartir el poder con cada uno de los ciudadanos.

Erich Seligmann Fromm, un destacado psicoanalista, psicólogo social y filósofo de origen judío alemán escribió hace medio siglo un libro muy fascinante cuyo título es revelador, “Miedo a la libertad”.

Según Fromm, los enemigos de la libertad no siempre están fuera sino también dentro de los individuos mismos. A los ciudadanos nos da miedo la propia libertad. La libertad de los otros la sentimos como una amenaza, porque nos gustaría que fuesen extremadamente predecibles, que se pareciesen obligatoriamente a nosotros y no pudiesen ir nunca contra nuestros intereses.

Así que, muchos renunciaríamos con gusto a nuestra propia libertad con tal de que los otros tampoco disfrutaran de ella. Mi libertad es peligrosa, porque puedo utilizarla mal y hacerme daño a mí mismo; la de los otros peor, porque pueden emplearla en hacerme daño a mí.

La historia muestra que no siempre son los gobernantes los que pretenden acabar con las libertades, en algunas ocasiones son los ciudadanos los que les solicitan este tipo de represión. Hitler, llegó al poder por medio de elecciones, después vino el Holocausto.

Así que la libertad implica el valor de la responsabilidad. Ser responsable es ser capaz de responder por lo que se ha hecho, asumiéndolo como un acto propio.

Contrario están, los irresponsables que no aceptan la autoría de lo que han hecho. Los fanáticos que se niegan a dar ningún tipo de explicaciones: predican su verdad. Los irresponsables de las instituciones gubernamentales, en las que nadie da nunca la cara por nada de lo que se hace o no se hace.

La irresponsabilidad gubernamental se identifica porque casi ningún gobernante o funcionario público renuncia pase lo que pase: ni por corrupción, ni por incompetente, ni por errores que deben pagar los ciudadanos, ni por engañar a los votantes ante la incapacidad de resolver los problemas que habían prometido y, menos aún, por no poder demostrar cómo lograron hacerse extremadamente ricos en sus años de gobierno.

Los gobernantes irresponsables procuran, como dé lugar, a gozar de impunidad. Toda denuncia de abusos, por fundada que esté, se presenta como formando parte de una maliciosa campaña de los contrincantes políticos. Cuando los ciudadanos hacen denuncias se emplea la frase acuñada a Cervantes “Sancho, dejad que los perros ladren, es señal de que cabalgamos”. Los Organismos de Control pasan de agache.

Este modelo de irresponsabilidad tiene su complemento en la de quienes consideran que ellos no tienen que responder de nada porque es el Estado el que debe resolverlo todo.

Así le damos vida a la mentalidad totalitaria, que hace del Estado y sus representantes unos reyes coronados, a los cuales no se les pueden pedir cuentas.

En una sociedad democrática y libre los ciudadanos podemos y debemos reivindicar nuestro derecho, que también, en cierta medida, supone nuestra obligación, a intervenir, a colaborar, a vigilar, a auxiliar cuando nos parezca necesario. A impedir que las semillas de los autoritarismos germinen.

Pero el problema es que le tenemos miedo a la libertad, y los dictadores lo saben.

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Fernando Alexis Jiménez

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