MI TORRE DE MARFIL



Leyendo a Manguel encuentro cada vez joyas, frutas, revelaciones, sorpresas y miniaturas con resplandores exquisitos. Entra uno a un mundo casi irreal, fantasmagórico, lleno de cajas de Pandora, de serpientes que levantan la cabeza para silbar y mirar de reojo.
Hoy he encontrado, por fin, el significado de una expresión que repetí como una jaculatoria o letanía en el seminario. Torre de marfil, ruega por nosotros, decía. Y pensaba en la humilde torre del ajedrez. Qué grosería. No conocía otras torres, a excepción de la hermosa torre colonial de la iglesia parroquial de Bosa que renovó el padre Buendía.
Torpe de mí… hasta ahora, – pero hasta ahora – encontré la expresión justa para designar el lugar diario, físico o mental, que reservo para pensar, recoger mi disipación y someterla al silencio mientras medito y doy espacio a la aparición de la Palabra.
Ese lugar existía en mí, desde chiquito. He sido muy reflexivo, tímido y curioso. Veo las cosas, las imágenes de las ideas al decir de Platón, y disfruto viéndolas desfilar, agacharse, sonreír y llorar o ponerse como el gato Cheshire encima de la rama de la pantalla, burlón.
Allí me inspiro, en esa torre, todos los días. Esa torre física del ordenador ubicada en el rincón más silencioso del hogar. Donde nadie lo llama a uno, nada turba, ni acosa, ni interrumpe. Es como un punto sagrado en el que solo estoy yo con mi ser interior, encendido y titilante, como el monitor de un aparato.
Qué descubrimiento tan simple y tan profundo. Mi torre de marfil. De marfil, blanco, brillante, bruñido, liso y sin mancha que distraiga. Mi lugar donde habito con la soledad de un eremita.
Hasta allí llegan volando las palabras, las ideas, como en la caverna. Vienen desde el sol, desde la luz, desde la eternidad, donde siempre habitan. Y me socorren y me llenan los dedos después de bajar de mis ojos y de mi mente.
Sí. Esa torre de marfil la he tenido siempre y a ella subo, hasta lo más alto. Allá nadie me alcanza, los sonidos callan y se establece un reino de silencio, tranquilidad interior para que broten como géiseres figuras y metáforas como lianas que unen misteriosamente palabras que saltan a mi cerebro iluminadas.
Torre de marfil es sitio en la penumbra, lugar de reposo, de aislamiento de ruidos y distracciones terrenales. Allí no hay campanas que den la hora o pongan límite. Allí ocurren deslumbramientos, viajes no programados, aparecen oasis más verdes y con aguas de todos los colores, amaneceres plácidos y Aladino juega con Sheherazada a las escondidas. No hay guerras ni estafas ni hay mensajes falaces.
He hallado hoy con nombre propio a mi lugar sagrado donde escribo. Mi torre de marfil en donde no hay almenas ni antenas ni gritos de terror. Subo a ella, estiro los brazos y acuden las hadas desde una nube con las palabras en una blanca bandeja.
29-11-16 8:55 a.m.



