Mentiras colombianas


“Somos la democracia más antigua y una potencia jurídica y moral de América… Nuestras fuerzas armadas tienen una tradición civilista…”, suelen decir a boca llena dirigentes políticos de diferentes partidos y algunas de las ‘estrellas’ del Derecho endiosadas por sus pares egresados de las numerosas facultades que como verdolaga en playa florecen en este país de leguleyos, rábulas y tinterillos de variada pelambre, que miran por encima del hombro a sus colegas de países vecinos.
Algo parecido dicen de nuestra diplomacia; pero lo cierto es que la norteamericana es la democracia más antigua del continente y nuestras fuerzas armadas no han sido tan civilistas como se pregona, pues no hay que olvidar que después de la dictadura de Rojas Pinilla y durante los 16 años de vigencia del Frente Nacional, el país vivió en Estado de Sitio casi permanente y las Fuerzas Armadas tuvieron carta blanca, para actuar con poderes similares a las que tuvieron sus pares de las dictaduras que los Estados Unidos, con su “Doctrina de la Seguridad Nacional”, en las décadas de los 60 y 70 impusieron en Brasil, Uruguay, Argentina, Chile y Paraguay, con persecución permanente a la oposición y protesta social, con más desaparecidos que en todas las dictaduras del cono sur y otros métodos por el estilo que en Colombia llegaron al clímax en el gobierno de Turbay Ayala y el general Camacho Leyva, cuando las torturas se generalizaron en las caballerizas de Usaquén, fueron detenidos el poeta Luis Vidales y la escultora Feliza Burtzin y Gabriel García Márquez tuvo que exiliarse en México, porque un militar amigo le informó que altos mandos del Ejército y la Policía le estaban armando un montaje para relacionarlo con el M-19 y encarcelarlo; y se sobrepasaron durante el gobierno de Belisario Betancur, cuando los militares le dieron golpe de Estado temporal para manejar a su antojo la toma del Palacio de Justicia por el M-19, la cual permitieron, al quitar la guardia el día en que sabían que los guerrilleros iban a ingresar al Palacio, donde acabaron con la mayoría de Magistrados con mayúscula (no como muchos de ahora) que, entre otros casos, investigaban a varios generales por violaciones a los Derechos Humanos. Eso sin hablar de los ‘falsos positivos’ cuando asesinaron a jóvenes desempleados, uniformándolos y poniéndoles armas al lado para hacerlos pasar como guerrilleros, tal como hicieron con cerca de 3.000 inocentes en el gobierno de Uribe.
Entre las mentiras diplomáticas, si miramos eventos recientes, como el litigio que perdimos con Nicaragua ante la Corte Internacional de La Haya, o el revés en la OEA a raíz del cierre de la frontera con Venezuela, que sin éxito intentaron en la Cancillería, fuera debatido en la Asamblea General, nos damos cuenta de la cruel realidad de perdedores que ostentan muchos de los sobradores y orgullosos diplomáticos y ‘lechuginos internacionalistas’ de Bogotá y otras ciudades, a quienes les dan sopa y seco sus colegas como los nicaragüenses que planificaron y sustentaron la demanda para recortarle a Colombia las áreas marinas circundantes al Archipiélago de San Andrés y Providencia.
Para agravar la situación, no existe carrera diplomática y las embajadas y consulados son premios de fidelidad o consolación a políticos en vísperas de jubilación o a quienes se queman en elecciones, nombrando a personajes que creen que la diplomacia es ir de tour a los cocteles y comportarse de acuerdo con la urbanidad y etiqueta, con el agravante de premiar verdaderos galafardos, ‘buenos pa’ na’, o delincuentes como el exgobernador Arana, del César, con varios crímenes y nutrido prontuario paramilitar, designado como embajador en Chile durante el gobierno de Uribe.
Quizá por la herencia española desde el siglo XIX y gran parte del XX, nuestro país se caracterizó por el culto al papel sellado y a los códigos muy bien escritos, pero poco aplicados en la práctica y con equidad, pues la balanza de la justicia se ha inclinado a favor de los poderosos, e intentos para equilibrarla, como la Constitución del 91, han sido insuficientes y desfigurados por posteriores reformas.
Debido al culto ‘santanderista’ a las leyes, nuestra Constitución y códigos civiles, penales, administrativos, etc., son farragosos y recargados de incisos y letra menuda, redactada por ‘lobistas’ al servicio de poderosas partes interesadas en dilatar litigios con triquiñuelas, mediante exmagistrados y defensores bien remunerados, para hacerlos prescribir o anular sanciones (caso Samuel Moreno Rojas y su bandola) efectivas a sus delitos cuando por milagro estos llegan a término (hecha la ley, hecha la trampa).
Cuando se conocieron los documentos de Pallomari con la contabilidad secreta del Cártel de Cali, en la lista de pagados con miles de dólares aparecieron prestigiosos abogados y congresistas que les redactaron los códigos penales para suavizarles al máximo las penas por sus delitos. En la lista se destacó el liberal caucano Jesús I. García quien ante la ‘Comisión de absoluciones’ de la Cámara de Representantes, exitosamente defendió al presidente Samper, durante el proceso 8.000, recibiendo como premio una Notaria en Neiva, para su esposa y un importante cargo para su hija en el Consulado de New York.
Por atender las necesidades de los poderosos grupos financieros, industriales y políticos que lagartean y compran conciencias, leyes y votos en el Congreso, nuestro andamiaje jurídico y tributario es denso, barroco, más enredado que un bulto de anzuelos y como un río revuelto en el que pescan los que saben dónde está el cardumen, que casi siempre son las minorías privilegiadas del país.
Mientras la Fiscalía, jueces y magistrados no se dan abasto para investigar y fallar la avalancha de delitos que congestionan sus despachos, la Justicia gatea antes que cojear y nuestros legisladores siguen en su plan de remendadores de las desteñidas colchas de retazos que son nuestros códigos, mientras aplazan verdaderas reformas: Política, Electoral, Tributaria, a la Salud, Educación, Agraria, Laboral, etc., que demanda el país, para convertirse en una moderna democracia real y no formal, de papel y prolífica en mentiras piadosas que nos inventamos y nos inventan para creernos superiores a nuestros vecinos latinoamericanos, mientras perdemos litigios en tribunales internacionales, como el de La Haya y en diplomacia seguimos como los despreciados ‘lambones chupamedias’ de los gringos, sin recibir mayores ventajas y al margen de importantes bloques económicos y políticos como los que entre los países de la cuenca del océano Pacífico lideran China, Japón y hasta los mismos Estados Unidos, mientras Chile, Perú y México, están en la jugada, como miembros activos.
Tal vez en considerarnos los ‘mejores’ y en echarnos las mentiras para creérnoslas nos ganan los argentinos, así les llevemos ventaja en ciclismo, tejo, picaresca, ferias y reinas; pero en cuanto al Derecho y eficacia de la Justicia, estamos muy quedados, aunque en independencia de poderes estemos mejor que en Venezuela, donde el Presidente Maduro puso a su servicio incondicional a los legisladores, jueces y sistema electoral; pero a punta de la ‘diplomacia del petróleo’ han alcanzado importantes triunfos, como el logrado en la OEA, a costas de Colombia, o en la ONU, donde paradójicamente obtuvo mayoría de votos para integrar la Comisión de Derechos Humanos.
Seguimos en el reino de las mentiras piadosas que debemos reconocer para forjar un país en sincera paz durante el posconflicto, cuando esperamos que políticos, militares, empresarios y funcionarios ligados con los paramilitares y numerosos crímenes cuenten la verdad, junto a la guerrilla que también tiene mucho que revelar sobre secuestros, desapariciones, fusilamientos, narcotráfico, reclutamiento de menores, violaciones, desplazamientos, masacres y otros delitos compartidos, en este ‘jardín de sicópatas’ que es Locombia, con sus ‘enemigos’ de la ultraderecha.



