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lunes 24 noviembre, 2014 a las 6:27 pm

Memoria, violencia y relato

desplazados
Jorge Muñoz Fernández
MATEO MALAHORA [email protected]

La lucha de un desplazado en la ciudad es la lucha por vencer el tiempo, el tiempo que anda por ahí, en el cigarrillo que apenas comienza, en el sueño que nunca aparece, en la lluvia que jamás termina. Tiempo que huye por los rotos de los zapatos descosidos que están regados en el piso.

El tiempo es sospecha, rechazo social, pesadumbre, leña seca devorada precipitadamente por el miedo, miedo a la prolongación del sufrimiento familiar. Miedo a la ciudad. Tiempo inhumano, con golpes de reloj desalmado y brutal, que tritura su condición humana.

No obstante, en la soledad del expulsado surgen momentos de pequeños gozos, que le hacen recordar los caminos donde la sombra era propiedad de todos y había sitios de encuentros, camaradería y aguardos, evocaciones fugaces, porque salta siempre la bestia insaciable de la guerra iluminando los caminos del odio y la venganza.

Tiempo que no llega, y que cuando llega, hecho presente, saquea y desvalija la confianza. Tiempo de sed, tiempo de hambre, duro como la piedra áspera de mil pesos de pan fiado en la tienda de la esquina.

Tiempo agónico, huyendo en vidas que no tienen cuadrantes para ser localizadas, donde el final del día es apenas el comienzo del insomnio para pensar en los fusiles espurios o legítimos que provocaron el desplazamiento forzado y arruinaron el gozo de la existencia humana.

Tiempo insondable, donde vivir, crecer o morir se confunde con el vacío de no ser, donde el presente no ofrece salvación alguna y no hay sacrificios que no se hagan en nombre del futuro.

Tiempo como ilusión de un plante diario de veinte mil pesos en frutas que termina diseminado en la calle a punta de patadas y garrote por los defensores de la democracia y la estética urbana.

Tiempo de bienestar, atención pública, deferencia en el trato institucional, respeto, cortesía burocrática para los incluidos que viven en el norte de las ciudades colombianas y actitudes rayanas en el desprecio para los desplazados e invasores que viven en las zonas del sur o de occidente, donde está regada la arquitectura del desprecio en los predios y solares para los arrinconados, los desterrados por la violencia dentro de su propia nación, con la mirada complaciente de un Estado que no les dio protección y ahora los persigue.

desplazados

Tiempo del marginado, del expulsado, del invadido por la miseria, del sospechoso, del boqueado, que cuando escucha la palabra sociedad la asume como una ficción tramposa, como un contrato social que no existe, porque sabe que no vive como los demás mortales, que su refugio es infrahumano y su territorio se encuentra localizado en el abismo.

Sobrevive sin darse cuenta que su libertad está confinada, y en los momentos de total abandono adjudica su desgracia a la suerte y la fatalidad, sin entender que se encuentra arrestado por la pobreza y la violencia impuestas, en cuyos escenarios no hay querella social que lo salve.

Su mundo de orfandad institucional es tan natural como su infierno. Su realidad de padre, de esposo, de hijo, de vecino, de ciudadano, y las circunstancias donde vive y resiste, es una ficción que choca con su entorno perdido.

Disfraz de convivencia. Ese vivir con el otro, con los otros, no es posible, es un convivir separados, simulación social, mundo de polos opuestos.

Los semejantes, los contemporáneos, sus compañeros de holocausto, de infortunio, son distantes. Con ellos se entiende, pero no siempre, porque el peso de cada tragedia familiar es diferente. En lo único en que coinciden es que son mirados como parias.

Tiempo huella, que pasa sin pasar, herida que no cura. Tiempo salvaje, felino hambriento que se traga hasta los huesos de los desesperados. Tiempo caníbal que muerde, mastica y engulle el presente de seres humanos desahuciados.

Tiempo muerto, enajenado, cementerio de sueños, allí donde el Estado obra como un sepulturero insensible que convierte a los hijos de los campesinos en guerreros y los viste, con uniformes diferentes, a fuerza de las ficciones del poder, la locura del hambre y la injusticia, en extremos fratricidas.

Tiempo fatiga, de covachas de cartón diseñadas con la arquitectura de la pobreza, donde descansan hombres y mujeres fragmentados, que no entran a las iglesias por el temor que simbolizan sus ojos extraviados.

Tiempos dolorosos, tiempos de pesebres famélicos, como los que vivió este columnista conversando en un basurero con niños hijos de padres desplazados, víctimas del poder lujurioso, parasitario e indolente, niños que conversaban con los gallinazos, como si fueran sus mascotas, para compartir con ellos pedazos de pan.

Niños que no comen como guerrilleros, ni como generales, ni como presidentes, ni como ex presidentes, ni como empresarios. Niños que merecen patria justa y en paz. Hasta pronto.

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