Memoria política-electoral de Quilichao



La temporada preelectoral para el Congreso activó un archivo doméstico. Mi hermana trajo a la oficina varios recortes de prensa. Los guardó durante décadas. El papel amarillento conserva nombres, fechas y fracturas políticas. Conserva también una escena familiar.
Hace cincuenta y ocho años yo cursaba cuarto de bachillerato. El país vivía una transición intensa. En agosto de 1968 llegaría a Colombia el papa Pablo VI, primer pontífice en visitar América Latina. En el norte del Cauca comenzaban conflictos por la tierra que tres años después desembocarían en la creación del Consejo Regional Indígena del Cauca. La Vía Panamericana consolidaba a Santander de Quilichao como nodo comercial. El ferrocarril había sido desmontado el año anterior, luego de más de cuatro décadas de servicio. El pueblo modificaba su ritmo económico y su trazado urbano.


En ese contexto mi padre, Alfonso Luna Solano (1916-2011), había asumido como concejal de Santander de Quilichao por el Partido Liberal, lista del Movimiento Revolucionario Liberal, MRL, que lideraba Alfonso López MIchelsen. Compartió curules con el arquitecto Armando Velasco Zúñiga, quien había reconstruido la iglesia principal San Antonio de Padua consumida por el voraz incendio de 1964; el abogado Ernesto Navia Otero y Marino Holguín David, exalcalde entre 1959 y 1962.
La otra nómina liberal, la oficialista, estaba integrada por Enrique Javier Cardona, Humberto Peláez Gutiérrez, Rafael David Aponte García, Ernesto Carabalí, Nelly Navia de Álvarez y Rodolfo Velasco J. En las suplencias figuraban Alirio González G., Luciano Echeverri Vélez, quien posteriormente fue alcalde; Luis Arturo Carabalí Gómez, Miguel H. Bonilla A., Lilia L. de Villaquirán e Israel Muñoz, “Chontaduro”.
La estructura del Directorio Liberal Municipal estaba bajo la presidencia de Alfonso Luna Solano, acompañado por Elí Morales, vicepresidente; Bernardo Arango, tesorero y Sergio Banguero Charria, secretario, personaje que aún transita vigoroso por estas calles quilichagueñas, con casi 100 años a cuestas.
También hacían parte del Directorio Liberal Municipal Antonio Orozco, Marino Holguín, Rodolfo Perlaza y Manuel Larrahondo, junto a José Domingo Prieto, Mario Orejuela, Octavio Galarza, Juan de la Cruz Balanta, Roberto Carabalí, Emilio Aguilar Mulato y Alfredo Viáfara.

La lectura de estos archivos amarillentos confirma que el prestigio político de Santander de Quilichao se construyó mediante el debate de ideas y el compromiso inquebrantable con la doctrina y el servicio público.
El rigor doctrinario frente a la coyuntura electoral

El ejercicio del poder local enfrentó tensiones ideológicas que hoy sirven de referencia para analizar la ética en la función pública. En octubre de 1968, la recomposición de la mesa directiva liberal en el corregimiento de Villarrica situó a Rafael David Aponte como presidente, Félix Ángel Colorado en la vicepresidencia, Israel Muñoz en la tesorería y Sergio Banguero en la secretaría. Este periodo registró la renuncia irrevocable de Alfonso Luna Solano y Mercedes de Navia, quienes presentaron su retiro como un acto de defensa de las doctrinas liberales frente a estilos de conducción personales.

La trayectoria de Luna Solano se extendió hacia 1974, año en que la fragmentación del liberalismo departamental se protocolizó mediante el movimiento lopista del M.R.L. La división del grupo orientado por Omar Henry Velasco —padre del exministro Luis Fernando Velasco Chaves— dio origen a tres listas en el Cauca.
Mi padre, Alfonso Luna Solano participó como candidato a la Asamblea Departamental en una plancha que incluía a Gilberto Becoche, Carlos P. Ortiz Orozco, Gabino Salazar, Abraham Larrahondo, Margarita Zúñiga, Arturo Muñoz, Luis A. Cortázar, Alfonso Prieto y Rafael Vergara.
Aquella oferta electoral al Congreso presentaba a Guillermo León Casas Molina e Isaac Velosa Fernández para el Senado, junto a Ernesto Navia Otero, Alfonso Piedrahita, Eduardo León Dávila y Jaime Zúñiga Salazar para la Cámara de Representantes.
Los nombres revelan una red política activa, articulada a debates nacionales y a disputas internas. Revelan también la práctica de construir directorios, organizar listas y disputar liderazgos en un municipio que ampliaba su influencia regional.
El “voto amarrado” o “voto armado”
Antes de que existiera la tarjeta electoral oficial impresa por la Registraduría, los partidos políticos imprimían y distribuían sus propias listas. El proceso funcionaba así:
En los directorios políticos se entregaban pequeños sobres cerrados que contenían las papeletas correspondientes a cada corporación: Concejo Municipal, Asamblea Departamental, Cámara de Representantes y Senado de la República. El elector debía introducir esas papeletas directamente en la urna.
La advertencia de “no hablar con nadie en el camino” tenía un propósito estratégico: evitar que otros grupos políticos interceptaran al votante y le entregaran otra papeleta, de otro directorio, para reemplazar la que llevaba. Esa práctica era común en zonas de alta competencia partidista.

¿Cuándo cambió el sistema?
La transformación comenzó con reformas electorales que fortalecieron a la Registraduría Nacional del Estado Civil, especialmente desde mediados del siglo XX y de manera más estructurada con la Constitución de 1991.
La implementación de la tarjeta electoral oficial única, impresa por la autoridad electoral y entregada en el puesto de votación, redujo drásticamente estas prácticas.
El periodista de la época
En aquellos años la información circulaba con lentitud. Luis Enrique Delgado escribió en 2014, en Proclama del Pacífico, una memoria titulada “El periodismo quilichagüeño”. Allí consignó que el corresponsal de El País era Camilo Ramírez, dentista de profesión. Redactaba sus notas con papel carbón y enviaba copias por correo certificado, por intermedio de Telecom. Las noticias tardaban casi una semana en aparecer impresas. Ese método exigía disciplina y convicción.
Los recortes que hoy reviso comparten esa textura y aquel corresponsal. Son producto de un periodismo paciente y de una política territorial intensa. Documentan disputas liberales, renuncias, reorganizaciones y candidaturas. Documentan también la presencia de mi padre en ese escenario.

La campaña actual para el Congreso activa estos recuerdos. La historia familiar se entrelaza con la historia institucional del Cauca. Los directorios, las listas y las renuncias forman parte de un archivo que explica trayectorias y decisiones. El papel conserva lo que el debate público transformó con el tiempo.
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