MARTA, LA MUJER DE ADENTRO
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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
El ojo humano es lerdo y tarda en observar lo simple. Tiene unas lentes muy potentes con dispositivos electrónicos, como zoom de cámara digital. Puede ver a pleno sol, en la oscuridad, acercar u fijarse en detalles o tomar todo el paisaje. Mas el hombre pareciera no tener tanta destreza para manejar las lentes. No ve sino lo quiere ver. Se acostumbró a ver el oro, lo que brilla, las caras sonrientes y los pechos fuera.
Cuando los hombres, – y también las mujeres – vamos por la calle o a los centros comerciales o a una fiesta sin disfraces, nos fijamos de inmediato solo en las mujeres que aparezcan en nuestra retina según nuestros gustos y modelos mentales. Que se muevan con distinción, con garbo, con sensualidad, que vistan elegante, con carmín y sombras verdes, con aire coqueto y tres curvas en el cuerpo.
De 50 o más féminas que cruzan como mariposas por nuestra vista sólo nuestra cámara registrará a 15 o 10 y las demás quedarán en la retaguardia y la penumbra. Si nos preguntan por esta o por aquella, por la de vestido claro o de la de manga larga, diremos que no las vimos o que no estaban, según los patrones mencionados.
Así pasó, – seguro – con Marta y María, la de Magdala, las que vivían allá, en Betania. María, de 24 años, pasó a la historia como la linda de casa, la merecedora de las miradas de Jesús, el nazareno, a quien le lavaba los pies, le hacía las uñas y, después, se los besaba. Le abría la puerta, lo hacía seguir, lo acompañaba a sentarse en el mejor cojín y luego se arrodillaba al pie de él para charlar mientras curaba las escaldaduras de su peregrinar por los caminos de Galilea. Por supuesto, era de ojos verdes, de afilada nariz y mentón quebrado, cejas pobladas y largos cabellos de azabache. Era alta, de paso firme, y vestía con saya abierta que apenas le cubría sus finos hombros torneados.
Marta, en cambio, de 26 años era la “entrera”. De tez algo cobriza y con un lunar cerca del ojo izquierdo, apenas se enteraba que Jesús había llegado salía a saludarlo con las manos todavía mojadas, hacía una reverencia y volvía enseguida al oficio de arreglar alcobas, echar agua a las matas, barrer con una escoba, prender la estufa de leña y poner las ollas. Cuando el almuerzo o la cena estaban a punto, ya María había perfumado al maestro, y llegaba a servir la mesa. Ponía cinco puestos. El de su madre, el de Jesús, el de su hermano Lázaro, el de María y el suyo, pues su padre ya había muerto. Ahora sí era su turno de conversar con el Rabí. Entre cucharadas y risas de María preguntaba por las andanzas, los sermones y las anécdotas de la semana. Era la que más participaba y se mostraba interesada. Su conversación era fluida porque había ido a la escuela pública y había estudiado retórica. Escribía poesía y, de vez en cuando, como postre, le leía en su arameo con entonado acento.
Cuando murió su hermano increpó al maestro por no haber llegado a tiempo y casi lo pone aprietos pues no comía entero. Jesús dudó un momento y le preguntó: ¿Acaso no entiendes por qué me demoré en venir? – Sí, respondió, yo creo en todo lo que dices, y se puso colorada. Fue una las últimas veces que vi a Jesús, recordaba Marta y contaba a sus vecinas con cara compungida la salida del sepulcro de Lázaro que respondió entonces la orden de su amigo.
Marta, la mujer, escondida, la recatada, la confidente, la del discurso inteligente que nos dejó solo una frase famosa mas no un poema escrito. La que entretuvo a aquel maestro a quien todos admiraban. De ella hoy nos queda su estampa en sepia y su imagen de sencillez y trato afable.
17-04-11 – 11:07 a.m.
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