Marga López en la selva



Marga López en la selva
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Como si en el plato del día me hubieran servido en el mejor hotel Danta al laurel o Estrellas en almíbar o Hierbas rosadas con perfume al ajillo… Me he leído de dos tirones, como si me hubiera tomado dos almuerzos uno detrás del otro… porque tan bueno es este escrito de siete páginas.
No se nota, uno sabe que Marga estaba viendo la Danta que merodeaba la orilla del Yaraguá en Brasil o Uruguay o Chile o el Ganges, en la sala de su casa… Tiene ojos felinos, con circuitos eléctricos en sus iris. Disfrutaba viendo cómo el ofidio se arrastraba lento y sedoso por entre la manigua. Llevaba nerviosamente la cabeza levantada y como si fuera la dueña de casa, iba sin prisa. Serpenteaba, como si fuera la mejor, por entre el follaje alto.
Yo le creo a Marga, profesora de geografía, de botánica, de técnica poética, de paraíso terrenal y de sinfonías fluviales. Con ella puede uno pasarse sentado todo el día oyéndola. Delante de ella pasan faunos, seres como el gato Cheshire riéndose desde arriba en el árbol, dantas madres, pelícanos rosados y oye chillar allá adentro de la selva gnomos que viven ahí desde que existía Eva.
Desde el fondo de una cueva salió el buitre volando. No sabía si volver a cuidar su bebé de tres días. Tal vez sabía que a ese dormitorio nadie entraría. Los antros oscuros apenas son para espantos, cuervos o somnolientos lobos después de caza. Estaba la tarde ya oscura y las sombras rondaban hacía rato.
Como sucedió con Alicia, también Marga salió corriendo de detrás de la cara del espejo. Llevaba en su canto flores, mariposas y unas abejas que habían estado libando la miel de unas begonias almidonadas. No importó la hora ni el lugar. Solo interesaba gozar a pie traviesa el pedazo de selva y hacerle caso al libreto ya preparado.
Una libélula danzaba como bailarina enamorada. El aire la llevaba por sobre flores, pinos y robles. Detrás, minúsculos polvillos de polen la distrajeron y se detuvo a perseguirlos. Como gnomos juguetones danzaban a su alrededor y la libélula cayó entre sus briznas. Su néctar la adormeció y voló, voló hasta caer sobre una alfombra de flores esparcidas debajo de la arboleda.
Marga desde su punto de observación no acertaba a aceptar lo que veía. ¿Era el final de un cuento de fantasías o era realidad lo que sucedía ante sus ojos? La selva tiene su encanto, sus sombras y secretos. Es tan grande y suceden escenas tan inverosímiles, pero reales…
La danta era real, la libélula existía, el bosque no se podía esconder. Todo estaba sucediendo. Ella lo estaba presenciando y no estaba soñando. La selva es un país de fantasía para la poeta. No era una maraña o una casa mal cuidada. Todo está en la mente de quien vive un momento o una situación. Y a Marga le encanta fabular y hallar la fruición.
08-04-19 – 3:25 p.m.
Para leer otras columnas del autor aquí



