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domingo 15 mayo, 2016 a las 7:14 pm

EL MAR DE LA VIDA

Mar
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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy / Loco-mbiano

La vida es un hilillo de agua fresca que va cayendo encima de nuestros hombros cada día. Se va convirtiendo en pozo, en lago, en río, hasta hacerse mar.

¿Qué sería del ser humano tirado en este mundo, como decían Sartre, Kierkegaard y hasta Schopenhauer, si no tuviéramos ese hilo que nos calma la sed, nos limpia y alivia los pesares en el paso por este planeta?

La existencia va corriendo a partir de esa mana que nos lanzó a trasegar por en medio de desiertos, espejismos, ilusiones y cansancios sin otro consuelo que ese hilillo. Hay una conexión con ese principio, que es el vientre materno – que nos acompaña sin ruido – y nos permite nadar en este piélago como lo hacen pececitos, tiburones y ballenas.

La vida va transcurriendo por entre nuestros cabellos, nariz, dedos e ijares. Penetra desde la superficie hasta nuestras venas y transpira por los poros. Entra y sale, fluye siempre, hasta que se seca por virtud de las leyes de la Naturaleza.

Nuestra presencia en este mundo es parecida a lo que acontece con los mares. A veces se mece sobre la hamaca de las orillas y sobre el lecho lleno de algas y organismos vivos que lo pueblan. Con los vientos del este y el oeste se encrespa y se bate con furor o se balancea con suave ritmo como una sílfide encantada y de ojos verdes.

¿Por qué nos parece que la vida de una persona es como la un mar o un río madre? Nace sin que nadie a su alrededor se entere. Aparece ahí, como un filósofo pensante, y va creciendo ufano, como si no necesitara la lluvia ni el oxígeno ni del árbol o el viento.

Se alimenta del aire, de otros ríos, de la bondad de las nubes y del fuego del rayo en la tempestad. Y hasta sufre de dolores de estómago cuando el magma que sostiene sus aguas necesita acomodarse. Suceden, entonces, los maremotos que enfurecen al monstruo oculto bajo el azul paciente. Las costas lo ven con ojos desorbitados salirse de sus límites y saltar hasta alturas nunca registradas. Arrasará cuanto esté a su alcance y su furia se sentirá hasta los confines de otros mares y esferas.

Sí. La Vida es un mar en donde habitan sentimientos, sensaciones, sueños, fantasías, alimañas, inocentes caballitos de mar y sirenas con cara de mujer, senos desabrochados y cabellera de serpientes. Allí duermen las ilusiones al lado de las decepciones y las maquinaciones, los amores y planes, la pasión y las envidias en una misma cama. Son fuerzas contrarias que se miran de vez en cuando y provocan oleadas de ambrosía, de odio, de celos y retozos en la playa o en salas de jaibas blancas, delfines sin rango y mantarrayas dentadas.

Yo vivo ahora en un plácido mar al lado de una sirena que un día vi en una isla y me flechó con sus ojos glaucos y su pecho hirviente. Hoy me cuida de naufragios y tifones.

15-05-16                             10:47 a.m.

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