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Jueves, 1 de octubre de 2026

MANDINGA SEA

Mandinga sea
Armando Orozco Tovar
Armando Orozco Tovar

El pájaro metálico y gris tenía encendidas las hélices a punto de remontarse sobre el Valle del Cauca y la selva del Chocó, cuando llegué con mis padres al aeropuerto El Guabito de Cali, para viajar de vacaciones a Istmina. Desde sus ventanillas divisé los montes y los enormes ríos pertenecientes a una de las regiones más lluviosa del planeta. A veces el avión de la empresa Lansa, (Líneas Aéreas Nacionales. Sociedad Anónima) se metía en los cúmulos cargados de electricidad.

Con mis diez años veía asombrado los paisajes, rememorándome a las películas de Tarzán, que veía los domingos en los cines de Cali. A la hora de vuelo el DC3, aterrizaba en Mandinga el aeropuerto de Andagoya, donde siempre me esperaba la tía Liliam, hermana menor de mi papá con su cierto aire, como en esa época la veía de Norman Jean Baker. Luego en una lancha con motor fuera de borda, remontábamos el caudaloso río San Juan, para luego y ya en el pueblo, caminar entre los saludos de los amigos hasta la casa de, Pacho León y María Isabel, los abuelos.

La abuela me recibía feliz. Mientras el abuelo simulaba indiferencia con un palillo entre los dientes, acariciándome sobriamente con unos suaves golpecitos en la mejilla. Con su habla paisa no pronunciaba ninguna frase de afecto. Tampoco preguntaba por el bienestar de mi familia. Al mediodía y cuando don Pacho llegaba de la oficina, todos nos dirigíamos al comedor, donde María Isabel, disponía la mesa en perfecto orden, mientras por una ventanilla aledaña a la cocina, dos empleadas negras pasaban los humeantes platos y diversos recipientes para almuerzo.

Mandinga sea

Todos permanecíamos en silencio en espera, que don Pacho León Orozco, se sentara, llevándose la primera palada de sopa a la boca en el momento en que decía un gracejo y traía a cuento algún suceso noticioso, en el momento que la abuela indagaba por la salud de los de Cali, y la tía comentaba acerca del viaje desde el aeropuerto hasta Istmina, recordando el reclamo hecho a la empresa, por la larga espera del avión de la Sultana. El funcionario respondiéndole, que gracias a Dios, llegó sano y salvo por tantas tormentas eléctricas habidas en la región.

Cada fin de año por el mes de diciembre me enviaban a Istmina, pueblo del Chocó, donde me sentía como un explorador de las películas alusivas a África vistas en el cine Roma, que desapareció con la explosión en el año 56. Una vez instalado en la casa comenzaba mi rebusque de cosas raras y antiguas, por todos los rincones. Fue así como encontré los restos de las sillas vienesas, y mostradores de fina madera, entre los restos del Ford traído de USA, en cajas por el río desde Buenaventura, de la época de la prosperidad comercial, y muchos otros objetos, que se hallaban abandonados en el antiguo almacén, como un “Pathé- Baby, Projector” francés de 1910, hecho por Charles Phaté. La hermosa máquina para proyectar películas mudas, poseía aún su manivela, y sus carretes con cintas, que yo lanzaba al aire, sin sospechar el valor del objeto que tenía entre las manos, mientras Esperanza, la empleada de toda la vida, escuchaba a lo lejos la canción “Esperanza inútil” del “Jefe” Daniel Santos. Entristeciéndose con rabia al sentirse aludida. ¡Mandinga sea! – decía yo, notando qué rápido pasó el tiempo veloz de las vacaciones.

Antes de marcharme de vuelta a Cali. Recorría el pueblo en la bicicleta de la tía, despidiéndome de sus gentes amables. En la casa de los abuelos quedaban los fierros oxidados arrumados y enmohecidos, de la lejana época de corta prosperidad, arruinándose a causa de las muchas inundaciones del San Juan… ¡Ah, y el Pathé francés con sus cintas intactas, en el roído y húmedo telón de la memoria.

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