LOS TRES MAGOS YA ENTREGARON SUS COFRES


Loco-mbiano

Los camellos de Gaspar, Melchor y Baltasar ya rumian junto a un oasis cerca de la frontera con Egipto. El viaje fue muy pesado pues debieron ir y volver en escasos 15 días. Sus labores en sus reinos les demandaban su presencia.
Debían regresar a atender las peticiones de sus gobernados en salarios a comienzo de año y los esperaban emires y califas para ver cómo surtían de agua sus países llenos de caravanas de turistas que habían agotado en los oasis el agua y los dátiles por la llegada del Niño.
Regresaron cansados y un poco avergonzados. La mirra fue lo único que pudo llevar Melchor. Pensó que le serviría a la madre del recién nacido para perfumarlo pero el Niño exhalaba un olor que llenaba la estancia y contrastaba con los humores que expelían el burro y el buey. Sin embargo, María lo agradeció gentil y lo guardó debajo de las pajas donde se reclinaba el infante.
Gaspar llevaba en una urna cuadrada de marfil un kilo de incienso mezclado con resinas olorosas sacadas de los enormes sicomoros y baobades del desierto. Al caer la tarde, junto a la hoguera que los vecinos prendieron para dar calor en la noche helada a los viajeros, los tres visitantes regaron el incienso sobre los cascarones ardientes de excremento seco de camello que usan los beduinos para mitigar el frío en invierno y ahuyentar los lobos de la noche.
A Baltasar se le ocurrió llevarle al niño misterioso un collarcillo de oro y un anillo como signo de realeza. Según sus augures la extraña estrella que habían visto en el firmamento era señal de que aquel heredero nacido en un pesebre tenía rango de Rey y señor.
Los tres se habían puesto de acuerdo y -juntos- bajaron de sus camellos, ordenaron a su séquito que se dispusieran con sus largos plumeros de aves del desierto a cubrir el nicho donde se hallaba el chicuelo afortunado y le rindieron honores según sus costumbres.
Por supuesto, a María y su padre putativo, no les cabía más alegría en sus cuerpos. ¿Quién iba a pensar que en aquellas lejanías y pese a la sencillez de la escena, el recién nacido iba a recibir tal visita de personajes tan ceremoniosos? No le habían traído caballitos de nácar, ni artesanías engastadas en minio y cobre brillante. No le traían un pequeño carruaje con camellitos para que lo tirara de una cuerda unos años más tarde. Le trajeron regalos y dones que en sus manuales reales estaban prescritos para ocasiones tan extremas. Y cumplieron con el protocolo mínimo que las circunstancias lo exigían.
Qué ejemplo. No llevaron cítaras de lujo ni trompas de elefante ni dientes de león, ni le cantaron en sus lenguas ignotas, ni contrataron a Salomé, la más famosa bailarina de la época. Le trajeron un ungüento, unos granos de incienso para mitigar el mal olor del pesebre y una cadenita de oro bengalí con un sencillo anillo guardado en un cofrecillo rojo recubierto de miniaturas marroquíes.
Los tres reyes ya volvieron grupas en sus camellos cadenciosos. Valió la pena y el cansancio de la jornada continua. Hasta anteayer estuvieron ahí, al pié de un niño del campo y del lago.



