LOS SENTIMIENTOS FLORECEN EN DICIEMBRE
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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Parece que los sentimientos, como vegetales, florecieran por estaciones como los tulipanes en primavera. Permanecen dormidos en el invierno y revientan su capullo en marzo henchidos de color y abrazando a quienes pasan por su lado. Lo experimenté en Washington y vi en diciembre las retamas gritando de amarillo sobre las vías de Bariloche cuando apenas nacían sus brotes.
Sí. Diciembre y su recta final, la Navidad, es una época en que los sentimientos rompen su silencio, saltan la barda de la indiferencia y lanzan su borbotón de gestos y palabras. El ser humano tiene marcado en su interior un reloj implacable muy oculto. Y la música, las luces centelleantes, el comercio, los adornos de las avenidas crean un ambiente propicio para que salgan a caminar los sentimientos, como atletas con ganas de competir en san Silvestre.
Ni los hombres más rudos, ni los asesinos en las cárceles, ni los soldados adiestrados como perros en las selvas, ni los secuestradores que todo el año tuvieron encerrados también sus sentimientos, resisten el poder de seducción de estos días. Diciembre reblandece el corazón, el hígado y el cuero apelmazado de las venas. La crueldad cesa, el odio frena su impulso y los dientes de las hienas buscan el calor de sus cachorros y de sus hembras en sus guaridas. Callan las motosierras en los montes, descansan la fuga micos y aves en la selva y paran sus motores los tucanos y helicópteros.
Nunca como en estas fechas se verán tantos abrazos, tantos besos en los parques, tantas manifestaciones de amor y de perdones. Los políticos dejan de hacer sus falsas promesas, los noticieros envían de vacaciones a su elenco de buscadores de insucesos y suenan los villancicos, los merengues y los jingles que desean felicidad y vida próspera. El corazón deja la coraza, la máscara fría, se desviste de seriedades y decide salir desnudo a la calle, ir a fiestas y mirar a la cara sin resentimiento a deudores y contrarios. Hasta algunos se acuerdan de lo que es “rezar” una novena, gastar platica en un regalo, sentarse en familia a esperar la medianoche y de recordar qué era un aguinaldo, pajita en boca, preguntar y no contestar, estatua y otras niñerías.
Diciembre es un desfogue natural de fin de año. Es un tubo de escape por el que salen como viento fecal los malos humores, los descalabros, los fracasos, las desilusiones y desamores hasta dejar el organismo limpio y libre. Por lo menos, esa es la idea. Que tanto trueno, tanto tambor de matachines, tanto parpadear de bombillas nos saquen la mala pata, la hiel que se nos acumuló en el páncreas, las arrugas prematuras en el entrecejo y nos dibujen, por fin, la sonrisa de la esperanza de un nuevo año, distinto.
Que la mirada afable de los amigos, el beso enamorado de nuestra pareja, la palmada de amistad que nos sacude la espalda maltratada y la camisa de rayas negras y rojas o color mora que nos regalaron nos recuerden que estamos vivos, sanos, con vigor, sin sida, con fuego en el horno y fuerzas en las manos. Feliz fin de año y deseos de felicidad y ganas en el próximo 2011, para todos, amigos y desconocidos.
25-12-10 – 11:10 a.m.
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