Los restos de Camilo Torres


Los muertos siguen hablando. Cada vez que alguien pronuncia el nombre de un muerto, su imagen, su ideario, su voz, su obra… vuelve a sonar. Por eso no es gratuito que el Ejército de Liberación Nacional (ELN) imponga al Gobierno colombiano la devolución de los restos del cura Camilo Torres.
Los muertos tienen mucho por decir en las fábulas de sus seguidores. Su nombre es bandera y semilla para sembrar en los corazones de los prosélitos la motivación. La muerte de personajes o líderes en batalla, son ejemplos vivos de seres inteligentes, bellos y heroicos comprometidos con la causa hasta la muerte. Por lo tanto, es necesario hacer de sus tumbas lugares de peregrinación, muros para el juramento, resonancia de fábulas, mitos, leyendas. Quimeras épicas de todos los colores.
Cincuenta años después de la muerte del cura Torres Restrepo, militante del ELN, sus seguidores no saben dónde está enterrado. Por eso, ante un eventual diálogo de paz en pro de un armisticio del grupo guerrillero, han solicitado que uno de los secretos de Estado y de guerra mejor guardados del Ejército Nacional sea develado.
La fábula urbana dice que una vez el Ejército dio de baja al cura guerrillero en 1966, en un enfrentamiento armado en Patio Cemento, Santander, le cortaron la cabeza y las manos. Que las manos se dejaron para su identificación y fueron trasladadas a Bogotá; pero su cabeza y tronco fueron enterrados en lugares diferentes del departamento de Santander, y su ubicación es archivo secreto y clasificado del Ejército. Algo parecido se hizo con el cuerpo del Ché Guevara, ajusticiado y sepultado en secreto en La Higuera, Bolivia, en 1967.
En el Panteón de los Próceres de Popayán, lugar donde se guardan los restos de personajes ilustres de la ciudad, por iniciativa del poeta Guillermo Valencia, hay dos urnas simbólicas que salvo los nombres que evocan no contienen nada en su interior: la de los sabios Francisco José de Caldas y Carlos Albán (curiosamente los personajes más interesantes del Museo). Y están vacías porque sus cuerpos nunca fueron hallados. Aun así, sus seguidores les rinden homenajes como si sus restos estuvieran allí. Una tumba es un lugar bajo el cielo para decir: “Aquí yace”, un símbolo invisible del poder que evocan los personajes. Nombres que merecieron escribirse en piedra o en mármol en lugares públicos para la eternidad.
La vida es breve, todos lo saben, pero la piedra y el mármol perduran, como pueden perdurar las ideas y las obras de arte. En España por ejemplo, nadie sabe dónde están las tumbas reales de Cervantes, Quevedo, Lope de Vega y Calderón de la Barca, pero sus obras, a pesar de los años siguen tan vivas y tan frescas. En avezada metáfora podríamos decir, que sus libros, son sus tumbas, el lugar donde debemos acudir para pensarlos, hablarles, mostrarles nuestro afecto.
Los restos del poeta Federico García Lorca se siguen buscando en los barrancos de Viznar, donde fueron tirados, al igual que los restos de cientos de personas ejecutadas por simpatizar con la revolución. Y el poder de García Lorca después de muerto es innegable. Son millones de poetas y revolucionarios del mundo que buscan sus libros, casas y lugares donde supuestamente lo asesinaron y está enterrado, simplemente para ver con la imaginación un poco del mundo que iluminó al bardo.
Hay tumbas solitarias, de personajes ilustres pero solitarias. Tumbas tristes donde ni siquiera la familia, el hijo o la madre van de visita. No por nada en la colonia los ricos donaban mucho dinero a la curia con la condición de que sus cuerpos fueran enterrados en osarios al interior de las iglesias, de tal manera que cada ocho días que la familia iba a misa, de paso, por obligación, pasaban por la tumba dejando una oración. Bueno, al menos ese era el deseo.
Pero así como hay tumbas al soldado desconocido, donde se ofrecen flores y oraciones por militares muertos en batallas diversas y nadie sabe dónde quedaron sus cuerpos, así mismo tenemos tumbas visitadas por miles de admiradores desconocidos. En Colombia, la de Pablo Escobar, Jaime Garzón, Carlos Pizarro León Gómez, Jorge Eliecer Gaitán y Luis Carlos Galán, para solo nombrar algunas, son visitadas diariamente por gentes del mundo que admiran a un muerto que tal vez nunca conocieron.
¿Qué simboliza una tumba para el cura Camilo Torres? Dependiendo de quién explique el cuánto podría ser: Era un hombre rico que viendo la injusticia de los gobernantes vistió de camuflado para combatir al Estado. Un intelectual universitario, que entendiendo las injusticias del mundo abjura de su condición y se vuelve guerrillero. Un sacerdote que de tanto ver pobres en el mundo capitalista se afilia a las creencias de la Teología de la Liberación con ideas marxistas y se mete de guerrillero. Pero desde otro punto de vista, del contrario, alguien podría decir: mira, aquí yace una promesa intelectual y política del país que empuñó equivocadamente las armas para defender ideas que se pueden luchar en las urnas, en democracia y en paz. Porque en Colombia lo que se quiere es la paz, y dejar de matarnos unos a otros por ideas ajenas y colores de banderas.



