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Viernes, 2 de octubre de 2026

Los impolutos sin máscaras

Uribe-Cepeda
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Felipe Solarte Nates

«En Colombia, ni los guerrilleros ni quienes creyeron en la violencia como vía para alcanzar el poder, están libres de culpa. Tampoco los amigos y promotores de los paramilitares combatiéndolos con los mismos métodos».

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Si de algo sirvió el ‘debate’ que citó en el senado Iván Cepeda, fue para desenmascarar el pasado sospechoso del expresidente Uribe, desde que siendo un joven liberal prometedor, se desempeñó como gerente de la Aeronáutica Civil, a principios de los 80, cuando se multiplicaron las licencias para aeronaves y pilotos que le dieron alas al próspero negocio del narcotráfico por toneladas, liderado por el ‘Cártel de Medellín’, con el que varios de sus cercanos familiares y amigos de negocios y políticos tuvieron íntimos tratos, desde las épocas del opulento complejo industrial coquero de ‘Tranquilandia’, donde en un ‘aeropuerto’ camuflado en las selvas del Yarí, los comandos de Policía antinarcóticos, azuzados por el entonces aún no asesinado, ministro de justicia, Rodrigo Lara Bonilla, encontraron más de 10 aeronaves (en una se alcanzó a volar Rodríguez Gacha, ‘El Mexicano’), entre ellas un helicóptero, cuya licencia había sido autorizada al padre de Uribe, meses después asesinado por  guerrilleros de las Farc, cuando intentaron secuestrarlo.

Y es que en Colombia, fuera del proceso 8.000 adelantado por la Fiscalía, a raíz de la financiación de la campaña presidencial de Ernesto Samper y contra numerosos políticos que recibieron generosas dadivas del ‘Cártel de Cali’ para que hicieran lobby y en el Congreso tramitaran leyes que los favorecieran, poco se conocían de los vínculos que con políticos y empresarios desarrollaron los capos del ‘Cártel de Medellín’ y en el ‘debate’ (Uribe se salía cuando le convenía y regresaba para acusar con trinos de ‘escopeta regadera’ y sin pruebas) algo se develó, lo que es conveniente en el país, para quitarle la máscara de beato en proceso de santificación que nos han presentado el expresidente, empeñado en boicotear, ‘combinando todas las formas de lucha’, el proceso de paz, alegando que no se pueden hacer tratos con asesinos y delincuentes, a los que no pudo acabar durante los dos períodos de su gobierno, e ignorando los que él hizo con sus examigos de las Autodefensas Unidas de Colombia, después de que cambiaron las escopetas por rifles de asalto y dejaron de ser las modestas cooperativas Convivir, transmutándose en un Frankenstein inmanejable y a cuyos jefes extraditó antes que empezaran a cantar el ‘himno nacional’ con la mano en el corazón, cuando se habían desmovilizado acogiéndose al proceso de Justicia y Paz, que generosamente les ofreció, antes que fuera ajustado por el Congreso.

Sin duda que esta ‘guerra sucia’ (no hay una limpia) que padecemos en Colombia desde antes del asesinato de Gaitán, sólo podremos acabarla, cuando nos sinceremos y reconozcamos nuestros errores y culpas, por acción u omisión, manifestándonos dispuestos a dialogar y llegar acuerdos entre todos los estamentos armados y civiles de la sociedad, para deponer los odios y sed de venganza, tal como nos lo enseñaron en Suráfrica e Irlanda, donde aplicaron mecanismos de justicia transicional, para mermar las penas a todos los actores del conflicto que cometieron crímenes a nombre de sus grupos sociales, partidos e ideologías.

Los dirigentes de las Farc, deberán bajarse de la nube de redentores en las que se han trepado, para justificar sus secuestros, asesinatos y atentados, en el discurso izquierdista reivindicador de los desposeídos que los ha caracterizado y desde la otra orilla tendrán que hacerlo los ultraderechistas, convencidos de que sus crímenes son bien vistos a los ojos de Dios.

En este panorama es válida la propuesta de quienes están de acuerdo en continuar con el proceso de paz en Cuba, agenciando una justicia transicional que libre de la cárcel, tanto a los guerrilleros acusados y condenados por numerosos delitos y a los militares que se encuentren en circunstancias parecidas, por acciones irregulares ejecutadas en el escenario del conflicto que vive el país.

Ya numerosos jefes paramilitares a punto de ser dejados en libertad, después de pagar los ocho años de prisión aceptados en el proceso de Justicia transicional, se han manifestado de acuerdo en que los guerrilleros y militares procesados no paguen cárcel con tal que se concrete la desmovilización de las Farc como paso importante para empezar a construir la paz en nuestro país, pues tampoco hay que olvidar que bandas criminales ligadas al narcotráfico, contrabando, minería ilegal, etc., seguirán actuando y contra ellas deberán enfocarse las acciones de las instituciones estatales.

Mandela reconoció sus errores cuando promovió la violencia para luchar contra la discriminación racial de la minoría blanca, que en cabeza del entonces primer ministro Lecler, también reconoció sus excesos y atropellos, impulsando el perdón y olvido, como fórmula viable para apagar el odio y la sed de venganza que les impedía reconciliarse.

En Colombia, ni los guerrilleros ni quienes creyeron en la violencia como vía para alcanzar el poder, están libres de culpa. Tampoco los amigos y promotores de los paramilitares combatiéndolos con los mismos métodos.

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