Los 99 años de mi tía Carlina


Los 99 años de mi tía Carlina
CARLINA ROJAS VALENCIA, encantadora y venerable tatarabuela que, por privilegios de la vida, disfrute de su existencia al coincidir en este lugar del universo. Nació el 8 de noviembre de 1923, en Coconuco (Cauca), poblado asentado en las faldas del volcán Puracé en un pintoresco vallecito, cruzado por el “Río grande” y las gélidas aguas del río San Andrés, entre pajonales, helechos y frailejones que refrescan sus aguas azufradas. Tierra de hermosas mujeres, de valor sereno e inteligencia sin par, la abnegación por su pueblo y el amor a su esposo e hijos, forjaron núcleos familiares estables y ejemplares.
De ella aprendí que la verdadera historia, es la interpretada por sus protagonistas reales, desde la cotidianidad de su ser, saber y hacer, para erigir las bases de la nacionalidad colombiana. Su semblanza corresponde a mujeres hacendosas, dedicadas a las labores domésticas y a la vida social, organizando festejos, veladas, obras de teatro, paseos de olla a Agua tibia, Aguahirbiendo o Pozo Azul a lomo de hermosos caballos, para finalizar la faena congregadas sin cita previa en las cocinas en torno al horno de leña para narrar historias, mitos y leyendas en épocas sin electricidad, radio ni televisión, consolidando por muchas generaciones la tradición oral del pueblo.
Al celebrar sus 99 años, le dediqué un bambuco que compuse, inspirado en los parajes hermosos de su tierra natal. Me encantó el destello de la sonrisa dadivosa dibujada en su rostro mustio, en contraste con la sagacidad de sus grandes ojos verdemares, su cabello blanco y sus labios pintados de rosa. Se desplazó por el recinto con sus pasos lentos, propios de aquellos seres que viven sin el afán de la escasez, ni preocupada por la acumulación de riquezas. Es generosa, solidaria y caritativa en extremo. Estaba radiante de felicidad, erguida, mirando de frente, entusiasta y llena de vigor, rodeada de hijos, nietos, bisnietos y tataranietos. Su cumpleaños fue motivo de reencuentro con familiares que desde la distancia ocupan espacios de privilegio en el corazón.
En 1998, me acogió en su hogar, cuando cursé estudios de maestría en salud ocupacional en la Universidad del Valle, ocasión propicia para ocupar muchas tardes y noches con bellos relatos del pasado e ilustrar mi libro: “Coconuco Puracé, Crónicas Mitos y Leyendas”; libro que interpreta la yuxtaposición de gestas que exaltan valores morales y principios éticos en honor a la decencia. Su narrativa incentivó mi afán por estudiar la cosmovisión de sus etnias, con el poder telúrico de su naturaleza dejando testimonio escrito de experiencias, esperanzas frustradas y logros acumulados.
Ella avivó mi afición a recorrer montañas, valles, laderas, mesetas y cauces, buscando huellas, razones, tradiciones y anécdotas en el entendido que la investigación histórica nunca termina, es una juiciosa labor dedicada a la comarca que, además de su historia pública, tienen otra narrativa para exaltar luchas, silencios y resistencia con aspiraciones legítimas que permitan superar la pobreza y el olvido. Larga vida adorada tía.
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