LONGANIZO


Don Antonio gozaba de muy mala fama. Grosero, soberbio, sin pizca de nobleza ni de generosidad. En resumidas cuentas, un patán ilustre, vestía muy bien, seguía la moda de los mozalbetes del momento, los hijos de los ilustres depredadores que hacían de las tierras usurpadas su coto de caza, eran violadores por excelencia que enriquecían a manos llenas el mestizaje de la colonia y dejaban que esas pobres mujeres ultrajadas cargaran con la vergüenza y algunas veces con el rechazo de sus parientes más cercanos. Don Antonio no se quedaba atrás, su preferencia eran las adolescentes, no importaba el color ni la procedencia, quizá por eso su hacienda se multiplicaba pero hubo casos en que la escopeta del cazador furtivo se equivocara de predio y las demandas llegaban a tal extremo que las autoridades bien podían empapelar las paredes de las oficinas, que no de las cárceles, el personaje de marras tenía tal influencia en las cortes que era imposible que las demandas y protestas progresaran, algunas no llegaban ni al umbral de los juzgados, ya de por si obsoletos y madriguera de ratones devoradores de papeles y oficios arrumados en los más oscuros recovecos de tan insignes instituciones del virreinato. La esposa, distinguida dama vizcaína, deslumbrada por las leyendas y consejas que los indianos gustaban de aderezar a su gusto y manera cayó en la trampa del dichoso descendiente no se sabe de cual eminente truhan que hizo hacienda en la colonia y pudo adquirir a buen precio un título nobiliario de algún hijo de algo rechazado de la fortuna. Pero la buena mujer no sobrevivió al desencanto de sufrir un matrimonio con alguien que no estaba al nivel de su alcurnia ni de la sobria educación adquirida en uno de los tantos monasterios que surgieron, de la noche a la mañana, cuando se venían abajo los minaretes abandonados a su triste suerte por los mahometanos víctimas de los nobles saqueadores, que en nombre de Cristo, pretendían la salvación de los católicos reinos de la Península. Cuántos de aquellos nobles moros y sefardas se llevaron como recuerdo de sus casas en Córdova y Granada las enormes llaves de bronce, otros dejaron sus nombres y apellidos entre la multitud de aventureros que también se arriesgaron a seguir el ejemplo del sublime loco a la búsqueda del vellocino de oro. También hubo truhanes fugitivos de la justicia, algunos conocedores de las leyes, otros maestros de dagas y barajas, del engaño y la mentira como dogma de fé en el nuevo mundo. ¡Ay, Doña Isabel! Más que el desengaño y la mentira fue la malaria su verdugo. Aquel trágico día una adolescente africana dió a luz un niño, no pudiendo negar tal evidencia don Antonio anunció la muerte de su esposa a consecuencia de un mal parto, el niño fue amamantado por dos negras madres de su hacienda, más tarde educado como hijo suyo y de Doña Isabel en un centro cultural del Virreinato. Creció el muchacho arrogante y cruel como su padre. Su instinto lo llevó a despreciar y maltratar a los habitantes de las pocilgas de don Antonio, allí hacinados eran una masa humana despreciable, pero al común, que nada le pasa desapercibido, le tocó de alguna manera hacerle saber a ese joven déspota, enjuto, largo como un bastón de verraquillo, de rostro aceitunado, oscuro, de mejillas hundidas en la cavidad facial, que no tenía ningún derecho en maltratar y ofender a esa masa humana responsable de la riqueza de aquel señor que en el despacho del Arzobispo Metropolitano existían documentos, denuncias, quejas y constancias de los atropellos y violaciones cometidas en indefensas chiquillas, adolescentes y respetables señoras casadas victimas del chantage y apetito sexual. Ya nadie guardaba el secreto, no faltó ocasión para que le gritaran en algunas manifestaciones públicas: ¡longanizo!



