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Viernes, 2 de octubre de 2026
martes 11 octubre, 2016 a las 2:00 pm

LLUEVE SOBRE MOJADO

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Gloria Cepeda Vargas
Gloria Cepeda Vargas

Afortunada o lamentablemente, en este país todo pasa Como la breve sombra del soneto de Rafael Maya. Con el triunfo del No, la mitad del 25% de los ciudadanos en edad de sufragar, el domingo pasado se escurrió como las ramas de un sauce llorón, mientras la otra mitad, apenas reponiéndose de la sorpresa que le deparó el escuálido triunfo, reía sibilinamente como si la bruja Dioselina estuviera soplándole al oído la próxima descachada de Juan Carlos Vélez.

¿Será? ¿No será? Repiten los vientos desajustados de esta patria siempre en camisa mientras Santos y Uribe, los dos personajes en edad de merecer, se preparan a exhibir sus mejores atributos en aras de un futuro que amenaza tormenta.

Como las trapisondas publicitarias a que apeló el Centro Democrático, las conocemos, centrémonos mejor en preguntarnos por qué la abstención fue la ganadora en un momento publicitado afuera con bombos y platillos y adentro, por el infinito dolor que medio siglo de hervor en el cuerpo y en el alma, han hecho de Colombia una olla a punto de estallar.

Somos un pueblo acostumbrado a lo insólito del absurdo. Los asesinos de cuello blanco, los sicarios de cuello sucio, los saqueadores de arriba y los hambrientos de abajo, blindados por esta pared de indiferencia que caracteriza a nuestra clase media, tenemos un solo oráculo: defender nuestro mini o latifundio a como dé lugar. Por eso no volvemos la mirada cuando al vecino lo roban o le violan la hija. Por eso el asesinato cotidiano del semejante está a kilómetros de distancia de nuestra miopía crónica. Por eso creemos que la paupérrima votación del domingo es expresión de ejercicio democrático y hasta nos acostumbramos a auto engañarnos diciendo: Colombia se pronunció.

¿Por qué la mayoría del electorado prefirió quedarse en casa en lugar de cooperar masivamente a cerrar esta herida que supura sin dolientes desde que nos recordamos? Sencillamente porque no cree ni en la ética de sus legisladores ni mucho menos en la moral de quienes ejecutan la ley. La democracia colombiana es una entelequia llena de alamares y buenas intenciones que hibernan en el marco de una constitución irrespetada por tirios y troyanos.

Por primera vez, en esta larga historia de horror escrita y protagonizada en mayoría solo por la sufrida clase campesina de Colombia, se avizoraba una salida. Perdimos quienes votamos por el sí y quienes se pronunciaron por el no. Con la fuerza instintiva que le da su arsenal de avería, el señor Uribe se atravesó y no entiendo cómo una campaña que retó elementales normas de sentido común y decencia, pudo imponerse a los intereses nacionales. Pobre Colombia, en manos de estos personajes con ínfulas de príncipe y maneras de matarife, como los definió Manuel Cepeda Vargas cuando era apenas un chico con escasos dieciséis años de edad.