LINCOLN



Ciertamente es un retrato de Lincoln, tomado de una foto, dibujado a lápiz con empates de negro y azul. ¿Razones? Porque sí, porque a lo mejor el personaje atrae con su linaje histórico, su estatura de líder que ocupa algún afecto en el espíritu, su regio físico y autoridad moral, o simplemente sin ninguna razón; la libertad no exige razones. Se propone aquí como ejercicio de retórica estética, lúdica para llegar a un fin culmen con la imagen. Puede que haya atraído esa mirada vieja, serena, adornada con los pliegues de la edad; y la sonrisa, gesto humano, benevolente, patriarcal, de hombre con dignidad silente, excusas visuales para acentuar la contemplación en un cuadro.
Los rectángulos, segmentos y fraccionamientos geométricos cortan, empatan entran en conjunción con la anatomía facial; arman un espacio donde lo plano solicita el carácter del volumen, donde la regla áurea, la rectitud y la precisión de la medida ejercen autoridad, ritmo fijo, inmóvil, y composición, estamentos «clásicos» bajo los cuales se concibe esta obra, según estilo cultivado por el pintor en esa época, 1976.
Lincoln nos ve, nosotros lo miramos; nos mira desde su estancia ausente, nos procura un regreso a su efigie, permanente en el tiempo como imagen de prohombre que, a través de esos segmentos visuales emerge, como desde un espacio que confirma las estancias del vacío.
RVQ



