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Sábado, 3 de octubre de 2026
miércoles 30 noviembre, 2011 a las 1:22 pm
LEYES PARA INTERÉS PARTICULAR

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

Nunca antes se había visto como en estos últimos años que la boca y bolsillos de los congresistas colombianos estuvieran con la lengua afuera como los perros de presa en sesiones de caza. Su trabajo se acelera cuando alguien pone sobre el pupitre un proyecto que parezca una zanahoria. Zapatos y manos se sacuden y, en menos que un bobo suelta una carcajada, ellos ya lo están aprobando.

La Constitución del 91 tal vez se excedió en no exigir cualidades mínimas para que alguien accediera a dirigir los destinos del pueblo. Sólo se estipula que sean colombianos. Ni siquiera que hayan nacido en la Patria. Aún quienes hayan nacido fuera y cumplan el requisito pueden llegar a ser honorables “padres de la patria”. La Constitución del 86 sí establecía condiciones mínimas. Ahora no necesita ni ser bachiller ni tener cierta edad. Para ser padre o madre tal vez se pueda a los 12 años, pero aún no se es mayor de edad y ciudadano corriente. Sería la única cortapisa.

Nos sorprendemos cada vez más que casi el 50 por ciento de los honorables elegidos en la legislatura pasada estén siendo investigados, por uno u otro delito. Que exijan carro para cumplir sus funciones. Que tengan carro blindado para protegerse de los enemigos. Que exijan auxilio para su vehículo de dotación. Que exijan y aprueben calidad de diplomáticos. Que aprueben dietas y pensiones altísimas. Y fuera de eso, que piensen que en el bolsillo les cabe más lugar para aprovechar la plata del pueblo. No, señores, la ley debe tener sentido general y no para provecho propio, particular. Se ha desfigurado el concepto de ley y de justicia. ¿Ya no es un honor ser senador sino que basta con tener dinero para la campaña?

¿Y la suerte del pueblo dónde quedó? ¿La Educación, la salud, el empleo, la agricultura, el salario justo y decente, las pensiones, las vías de la nación, el cuidado del agua, los bosques y fauna, la protección de la tierra y las especies marinas, el transporte, los sistemas de prevención por desastres? Todo está al garete. No hay nadie que piense en ello. Le toca al ministro, al edil, a quien no tiene un poder para ello.

La tarea del legislador debería ser un oficio sagrado. Como la plata que se le saca al pueblo. Hacer leyes es un oficio elevado, casi privilegio de dioses. Implica pensar, sopesar, obrar con equidad, repartir con sabiduría la torta del erario. Se necesitan mentes sanas, ilustradas, correctas, con visión de presente y futuro, que curen males y propongan un país moderno, que no solo se baste a si mismo sino que produzca para vecinos y no tan vecinos. Que ayuden a administrar los recursos renovables y conserven intactos los recursos naturales no renovables.

Hacen falta en el Congreso ingenieros, filósofos, sociólogos, geólogos, médicos, abogados honestos, administradores, contadores, pensadores, planificadores, con sentido de patria. Que no piensen con su estómago ni con los ojos de Tío Rico. El Congreso es un símbolo de la majestad de una Nación. Más que sus universidades, que sus catedrales, que sus héroes ya muertos. Allí debe reposar lo más decantado y precioso de la sociedad. No puede ser la sentina de las ciudades, como decía Cicerón, en los tiempos de Catilina.

15-11-11 9:42 a.m.
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