LAS MADRES CANTAN TODOS LOS DÍAS
Poetas Gloria María Medina, Ciro Edgardo Cortés, Amparo Romero y Marga López Díaz
durante lanzamiento del poemario Mi Madre aún canta. Centro Cultural Comfandi
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
La Fundación de Poetas Vallecaucanos en su quehacer de brindar un espacio para la paz y la fruición espiritual cada mes en el Centro Cultural Comfandi de Cali, presentó el jueves pasado dos recitales y una audición de bel canto. Las poetas Amparo Romero Vásquez, quien acaba de recibir el premio nacional de poesía Jorge Isaacs por su libro “Salmodia de los días tristes” y Gloria María Medina Jiménez, el tercer premio en el Concurso Ediciones Embalaje del Museo Rayo de Roldanillo, con su libro “Mi madre aún canta” y al tenor caleño Gustavo Hernández acompañado al piano por Diego Fernando Santos.
Con un festín de versos inéditos de la poetisa Amparo Romero, vestida de crema y rosa, comenzó la fiesta nocturna. Con voz que salió de su palomar a media noche leyó cuatro poemas con los que dejó sedientos a los oyentes. Un río de imágenes recorrió los laberintos de quienes la escuchaban y embalsamó el ambiente con el aroma que salió de su lengua de hechicera blanca.
Siguió a la anfitriona, la poetisa caleña Gloria María Medina, que traía en su rojo mantón un ramillete de cartuchos amarillos con caperuza verde, anturios rojos y bifloras. Trabajo difícil para una mujer sensible leer para la madre de 93 años que, seguro, la escuchó desde el Hogar donde se hallaba descansando a esa hora. En sus versos de hija y madre y cantaora hizo llegar con su voz arrulladora y firme recuerdos, mimos y sonidos caseros y de barrio. Sobre el atril quedó una lágrima como testigo del amor y la finura como pulsó su lira.
Gloria María es maestra en el tejido y el dechado y por eso hiló un poemario a la medida de su madre. Allí ella encontrará la letra de Yuyitos del campo que cantaba cuando niña, los tangos de Gardel, el Jibarito que va y va, los sonido de la trompeta que llama a comprar las sabrosuras de las abuelas y el aguacate. Allí están los bordados y pespuntes que hilvanaba y descosía en su carrilera la Singer, los rostros de sus hijos varones y las hijas, sus dos ojos de la cara. Sus hermanas, sus vecinas y el picotear de las torcazas en el patio. Está el recuerdo del esposo que huyó con su sonrisa al más allá y donde jamás lo ha podido alcanzar.
Para que los oídos y los pechos no quedaran sumidos en la añoranza y en el mundo ya vivido, llegó la hora del bel canto, de hacer sonar las fibras íntimas en que duermen los dolores y las quejas y saltan sonidos del éter y el arpegio. El tenor, de talla internacional, logró hacer llegar al público hasta la misma puerta del Olimpo donde las musas despertaron a su encantamiento. Cantó al son del piano canciones de amor, latinoamericanas, clásicas y trajo hasta la sala las notas del tango más auténtico.
Noches como esta, personajes como los que asistieron este jueves al concierto de versos y de voces, de timbres y de melodías dejan una impronta de paz y bálsamo. Reuniones como estas hacen flotar sobre nuestras cabezas la esperanza de una patria capaz de mirarse unos a otros, de abrazarse sin reparos. Actividades como esta merecen más espacios y más apoyos del gobierno, de la empresa privada pues logran traer lo que más desea el hombre sobre la tierra: vivir sin guerra, sin acosos, con la mirada en alto y los brazos descansados, porque las madres todos los días nos cantan.
29-04-11 – 15:00 p.m.
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