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Domingo, 4 de octubre de 2026

LAS FLORES DE MI JARDÍN

Las flores de mi jardín
Bulevar de los días
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy / Loco-mbiano.
Las flores de mi jardín
Papiro con texto al fondo

Siempre me gustó el jazmín. Lo hallaba de niño frente a la casa de Villa Gómez. Obligado era el camino por entre otras flores que había en el amplio jardín. Me gustaba acercarme como una abeja o un chupaflor a contemplarla y aspirar su aroma. Tal vez me recordaba la cara dulce de mi madre o su olor luego de perfumarse con el pomo de una caja de polvos rojizos que usaba cuando pensaba salir.

Luego conocí la begonia roja y sus hojas de suave fieltro, la azucena de Quito con sus pistilos amarillentos y su fragancia que penetraba hasta el fondo de mi nariz. Más tarde me enamoraron los claveles rosados, las rosas rojas o blancas, las violetas y las orquídeas. Hasta que llegó el día que solo me fijé en la mujer, flor de la vida y adorno del hogar.

Emily Dickinson hizo famosos versos cantando a los lirios que cultivaba frente a su ventana. Cuando salía a divisar al mundo por encima de las montañas de Amherst no podía pasar por alto darles un saludo e insertarlos, tal vez, en uno de sus poemas.

Porque las flores son como unos personajes infaltables en la vida del ser humano. Emergen en un minúsculo universo, sea en el ancho campo, antejardines lujosos de la ciudad o en el hombro de un árbol corpulento. Las hay mínimas de tamaño, con corola, pétalos, pistilos y estambres. No he visto a una sola flor de feo aspecto ni deformada en su cara o cuerpo.

A diario contemplo la flor del papiro sobre la mesa a mi lado. Parece una estrella verde con una veintena de brazos largos y un cuerpo delgadísimo, escultural. Casi todas las flores tienen una vida efímera. Las hay de un día. El papiro es la flor del escritor. No tiene teclado, pantalla, no calcula ni diseña, pero no distrae. Inspira levedad, fluidez e invita a surcar el espacio tras Selene o la nube.

Dos hortensias viven como guardianas en nuestra privacidad. Una vino desde La Ceja y la otra es caleña. Congelaron su aroma y sus colores azul y rosado pero aún alegran y cautivan la mirada. Nos llaman a diario sin necesidad de celular. Nos saludan y recuerdan que la sencillez es su estilo. No tienen necesidad de lavarse las axilas ni de depilarse, ni se afanan por lucir el último grito de moda. Sentadas en sus materas cantan el himno al silencio y a las elegancias que exaltó Cayo Petronio, el árbitro romano.

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