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miércoles 28 enero, 2015 a las 10:57 am

LA VIDA DE UN POETA COMÚN Y VIVIENTE

poesía - poetas
Bulevar de los Días
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Loco-mbiano
LA VIDA DE UN POETA COMÚN Y VIVIENTE
https://es-la.facebook.com/pages/Ser-Poeta-es-Sin%C3%B3nimo-de-Locura/493631744016276

Ayer, como en la época de David, de Job o de Homero o el día de hoy, los poetas han existido casi en la clandestinidad. No son yerbas que se sirvan en los mejores restaurantes ni aparecen en agendas culturales del gobierno. Tal vez será porque les gusta el vino, el ajenjo y condimentar con acíbar y ruda sus metáforas.

Los poetas, como Diógenes, como Baudelaire y los malditos, vivieron al sol y los cobijó la noche en cementerios y bancas de un parque. Son seres de otra fibra, duros de masticar y de entender. Por lo general, aprendieron a escribir con su hemisferio izquierdo. No nacieron para adular a los gobernantes ni se asemejan a bufones que andan a las puertas de palacios y convenciones.

Pero el poeta, – gigante que es capaz de sobrevivir con un sorbo de leche del seno de Afrodita -, aún dormido levanta la copa de su ingenio y hace latir, rugir, rabiar y sollozar cuando raya un papel con sus insanias. El poeta, -tal vez no ni lo sabe ni le interesa- es de una progenie rara. Es mezcla de dragón, de cancerbero, de ululares a medianoche, de oveja negra, de cuervo en la ventana y arrendajo con ronquera o de hipocampo en la pradera. No de ángeles porque sabe que no existen.

De su boca salen lenguas de fuego, aguas diamantinas, melodías de éter o lava ocre y olores de infierno. El poeta siempre será un ser incomprendido. Porque si es comprendido, será un artista venal y escamoteado. Su temple es de roca marmórea, ama los abismos sin fondo, los atardeceres lilas y las cañadas verdes. Huye de las frases tibias y busca entre la brasa ardiente una metáfora pagana como las que inventaban Bretón o Baudelaire.

¿Dónde encontraremos esta ave rara? ¿Cada cuánto nace un ejemplar de estos? ¿Serán poetas esos que andan buscando peces con anzuelo en el balde de mamá Leonor o en el rincón de un bus en Acatama? Tal vez en el paraíso perdido, en medio de la laguna Estigia, en un bar de París, Guática o de Riosucio en el Carnaval del diablo. Porque el poeta gusta de la bruma, el sabor acidulado, del frío morado o del yermo de la noche.

El poeta común, de vida encriptada, evitará el ruido, la fastuosidad de los palacios o hallar el tesoro de los piratas. Se contentará con una piedra que tenga que sacar de su zapato en el camino y que le obliga a mirar el horizonte sentado como una vaca sabia. Prefiere estar alejado de quienes están ahítos de tanta ciencia porque sabe que la oscuridad es la mejor consejera en la sequía, la lejanía y la soledad. Allí se han hecho los mejores versos.

Oh, bella la aurora frente al mar del silencio, cobijado con el pecho de la amada y con el susurro del búho en el roble vecino. Nada más propicio para el poeta que todo lo tiene: luz, noche, besos y mano en mano.

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