LA VERDAD DE UN TESTAMENTO



Se pierde mi nombre en la boca de los que se fueron.
A veces yo también lo olvido o lo diluyo en el revés del agua.
Frag. del poema Testamento III de Clara Schoenborn
Acabo de leer el testamento “He vivido mucho”* de una poeta. No es dejar un legado en una notaría o unos mil millones en bancos, el mapa de una cueva para que Alí o Babá recoja algún día las alhajas en un cofre. No, una poeta no podría pensar en eso a la hora de escribir en el ataúd de unos poemas. Un poeta no puede dejar sino parte de sus entrañas o aquel estro que le permitió a Virgilio subir a la cumbre del Olimpo y hasta los infiernos a conversar con Afrodita sobre la suerte de su Beatriz.
De Clara Schoenborn he recibido una invitación que han sido cuatro legados. Llega con sus manos llenas de flores y en su cara la sonrisa que sale de sus poemas. Es que la poesía no puede dar abrojos ni temores. Solo da amores, palabras que resuenan como gotas de lluvia en el silencio o peces que naufragan en un mar de leche con pirañas.
La poeta Clara me ha enviado de sorpresa una decena de joyas. No tienen color de oro, ni la solidez de los diamantes ni el verde de la esmeralda. Pero tienen el timbre y el sonido del agua que reposa en un vaso de vidrio en espera de la boca de alguien que agoniza de sed. Ah, cómo suena cuando baja por la lengua cuarteada por el ayuno hasta el centro del fuego que ardía allá, en sus adentros.
El regalo no es cuantioso. Una mano preñada, un vaso con agua, un cuadro de rosas en la tierra del surrealista René Magritte y su edad, una pequeña verdad. Al verlos, – no los podía haber leído -, supe que tenía ante mí un tesoro. Conozco cómo hila, cómo ahorra palabras, cómo las teje y surce para lograr una obra preciosa. Es así como se urde un poema para fundar un reino.
La mano que regala Clara tuvo la suerte de nacer en el lodo marino. Por eso resplandece, baila, saca el vino del odre y deja ver su carne. Tiene vida propia, tiembla y vibra y está preñada. ¿Cómo y de qué ensenada de mar sacó semejante flor para describir tal mano?
Y luego, nos viene con un vaso de agua. ¿Que cómo se llena y se sirve un vaso con agua? Ella nació y creció y vive para saberlo y describirlo. No es tan sencillo como tomarlo sin romperlo, abrir la llave, dejar caer el chorro en él y servirlo luego. Hizo falta calibrar el cúmulo de aguas que habitan el universo, saber cómo surgieron y medir la sed del guerrero que la urge. Ah, eso era lo primordial.
El cuadro que sigue lo pintó Magritte, pero lo decoró en este poema la caleña Clara. La suerte de las rosas en el mundo es su propia historia. Se duele ella de lo que sufre la rosa, de la longitud de su existencia, tan pequeña y antigua, tan débil y olvidada…pareciera que toda, de repente, se acumulara en ella.
Termina su Testamento diluido en el revés del agua. Cuando alguien lo plasma se percata del ambiente que lo rodea. Hay odios, peligros, toda una seguidilla de miradas. Sobre todo la certeza de la edad – que se quedó ya atrás -…
26-03-17 9:45 a.m.
*http://www.otroparamo.com/he-vivido-mucho-poemas-de-clara-schoenborn/



