LA VEJEZ NO ES OBJETO DESEABLE



Me ha venido, de inmediato, a la memoria el recuerdo de mi abuelo Juan Jacobo. Bajito, bonachón, alegre, de bigote, con la cabellera blanca un poco crespa. Era un abuelo feliz. Sabía hacer cacaítos y de haberlos querido comercializar, hubiera tenido éxito. Eran sabrosos y los quise volver a comer. Nunca posó de rico y apenas si me regaló alguna vez cinco centavos. No podía darme más ni se me ocurrió pedirle otro centavo más.
Mi abuelito amaba su vejez con todos sus dientes. Se levantaba temprano, no era tacaño, ni rezandero, amaba salir de paseo y de la mano con nosotros, sus nietos. Era discreto, no regañón. Jugaba a que había soldaditos en el radio Philips para que yo creyera que muñequitos se metían a hablar y cantar allá adentro. Esa es la cara de la vejez que tengo en mi diccionario.
Fui creciendo entre personas mayores como profesores, sacerdotes, vendedores, choferes, dueños de tiendas, emboladores, mendigos y campesinos que llegaban a la ciudad con sus alpargatas, sudor y costales. Sentía que algo había de mí en ellos cuando los miraba. Aunque no se me ocurrió que yo llegaría a su edad.
El espejo no fue un objeto frente al cual yo me vi crecer. No llevé alguno en el bolsillo, aunque sí vi que compañeros lo hacían. En realidad no me interesó observar cómo era mi apariencia personal. Me sentí bien con la ropa que me compraban mis padres y no supe qué eran prendas de marca. Por largo tiempo usé uniforme. Tal vez por eso no supe qué estaba de moda. Por formación aprendí a usar prendas sobrias y a no mostrar orgullo por lo que llevaba encima.
Hoy, lo mismo que ayer, miro por encima de mi nariz cuanto hay debajo de la capa del cielo y cuanto hay encima del suelo. Todo me interesa. La mosca inverecunda que pasa buscando salida, al inocente colibrí, al parlanchín carpintero que pica sobre el tronco abierto. Saludo al joven, al anciano, al pobre y al encopetado sobre el asfalto. Todos son seres humanos y se parecen a mí. Y me sorprendo que los jóvenes se fijen en mi cabello o mi desgreño.
Noto que el mundo gira alrededor de mí. Han pasado los años, el bulevar ha rodado sobre sus goznes y los días se han acumulado sobre mi espalda y mis flancos. ¿Quién mira qué y a quién? Los jóvenes están muy ocupados hoy. Ni tienen tiempo de preocuparse. Tienen el celular que les charla y con él se ríen y crecen. ¿Acaso se fijan en que algún día los alcanzará la vejez? La vejez no existe para ellos. Ni la han visto anidar en su casa. Ni la encuentran en bares ni luladas.
La vejez no es un objeto de vitrina, no tiene aspecto rosa ni brinca como el alazán, ni baila bachata. ¿Por qué tendría que pensar el joven en ello? Esta es la sociedad de consumo, del cambio, de la moda. Y no está de moda llegar a edad madura. Para nada es deseable.



